UNIVERSIDAD TÉCNICA DE MACHALA
Facultad de Ciencias Químicas y de la Salud - Carrera de Medicina
Integrantes:
- Criollo Vélez Romina Nicole
- Loayza Largo Emely Anabel
Docente: Dr. Manuel Rodríguez
Curso: Sexto Semestre Paralelo “A”
Periodo: 2025 – D2
El Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa que avanza de manera crónica y progresiva. Afecta sobre todo a las personas mayores, y se identifica por la disminución de la memoria, el razonamiento y las capacidades funcionales. Su origen está vinculado con la acumulación de placas de beta-amiloide y ovillos de proteína tau, así como con la presencia de elementos ambientales, cardíacos y genéticos que favorecen el progreso de la enfermedad.
Se presenta a nivel clínico con cambios en la conducta y la cognición que progresan de formas leves a formas graves, afectando directamente el bienestar del paciente. La utilización de biomarcadores en líquido cefalorraquídeo, neuroimagen y análisis de sangre ha fortalecido el diagnóstico precoz en años recientes, lo que posibilita identificar la enfermedad con mayor precisión en sus primeras etapas. Aunque los tratamientos farmacológicos proporcionan un alivio de los síntomas limitado, las estrategias no farmacológicas que incluyen la estimulación cognitiva, el ejercicio físico y el apoyo psicosocial son esenciales para conservar la funcionalidad y disminuir la carga del cuidador.
El enfoque del Alzheimer necesita una perspectiva holística que tenga en cuenta tanto los elementos sociales como los clínicos, fomentando el cuidado centrado no solo en la persona, sino también en su familia, con el objetivo de mejorar el bienestar y reducir las repercusiones de la enfermedad en la sociedad.
Palabras claves: Alzheimer, Enfermedad neurodegenerativa, Progresión crónica, Memoria, Factores genéticos y Factores ambientales.
Alzheimer's disease is a chronic and progressive neurodegenerative disease. It primarily affects older adults and is characterized by a decline in memory, thinking, and functional abilities. Its origin is linked to the accumulation of beta-amyloid plaques and tau protein tangles, as well as the presence of environmental, cardiac, and genetic factors that favor the progression of the disease.
It presents clinically with changes in behavior and cognition that progress from mild to severe forms, directly affecting the patient's well-being. The use of biomarkers in cerebrospinal fluid, neuroimaging, and blood tests has strengthened early diagnosis in recent years, making it possible to identify the disease more accurately in its earliest stages. Although pharmacological treatments provide limited symptom relief, non-pharmacological strategies, including cognitive stimulation, physical exercise, and psychosocial support, are essential to maintain functionality and reduce caregiver burden.
The approach to Alzheimer's requires a holistic perspective that considers both social and clinical factors, promoting care centered not only on the person but also on their family, with the goal of improving well-being and reducing the impact of the disease on society.
Keywords: Alzheimer's, Neurodegenerative disease, Chronic progression, Memory, Genetic factors, and Environmental factors.
El Alzheimer, la clase más común de demencia, supone un reto primordial para la salud pública dado que su incidencia se incrementa progresivamente en una población que envejece cada vez más y porque tiene un gran efecto en lo económico, social y familiar. La naturaleza compleja de su etiología, que mezcla elementos genéticos, biológicos y ambientales, sumado a que los tratamientos existentes tienen una eficacia limitada, requiere un análisis más detallado que abarque factores sociales, clínicos y de cuidado. Este enfoque es esencial para entender cómo la enfermedad impacta no solo al enfermo, sino también a su entorno más cercano, pues el deterioro funcional y cognitivo aumenta la dependencia y el trabajo del cuidador.
Tener una perspectiva extensa que incluya no solo las estrategias de diagnóstico y tratamiento, sino también las intervenciones preventivas y de apoyo, permitirá dirigir acciones que mejoren la calidad de vida, consoliden el cuidado integral y ayuden a crear políticas de asistencia más eficaces.
Se llevó a cabo una revisión bibliográfica narrativa que se fundamentó en trabajos científicos publicados entre 2020 y 2025, utilizando bases de datos como Cochrane Library, PubMed, Scopus y repositorios oficiales de Alzheimer’s Disease International y la Organización Mundial de la Salud. Se usaron descriptores en inglés y español, tales como demencia, enfermedad de Alzheimer, biomarcadores, diagnóstico, tratamiento y cuidado. Se incorporaron artículos originales, revisiones sistemáticas, reportes de consenso y guías clínicas que trataran temas sociales, diagnósticos, terapéuticos, neurobiológicos y de cuidado en individuos con Alzheimer; se desestimaron las publicaciones anteriores al 2020 o aquellas a las que no se pudiera acceder al texto completo.
La información adquirida fue analizada y sintetizada críticamente para responder a los objetivos establecidos, estructurando alrededor de los ejes temáticos más importantes: definición y clasificación, epidemiología, etiopatogenia, manifestaciones clínicas, diagnóstico, tratamientos y sugerencias de atención integral.
El Alzheimer es la causa más importante de demencia a nivel mundial y debido a su alta prevalencia, el impacto que tiene en la sociedad y las consecuencias económicas que conlleva, se convierte en un problema de salud pública creciente. Es un trastorno neurodegenerativo crónico y progresivo que afecta lentamente la memoria, las funciones cognitivas superiores y la habilidad para llevar a cabo actividades cotidianas, hasta que se alcanza un estado de dependencia casi total. Conforme la población envejece, lo cual es especialmente notable en naciones con ingresos medios y bajos, se prevé que la cantidad de individuos afectados aumente considerablemente. Esto hace que el Alzheimer sea una prioridad tanto en las políticas sanitarias como en los programas dirigidos a cuidar al adulto mayor (1).
Desde la perspectiva biológica, la enfermedad se relaciona con el acúmulo de placas de beta-amiloide y ovillos neurofibrilares de proteína tau. Estos procesos provocan una serie de daños a nivel sináptico, inflamación neuronal y una disminución progresiva del número de neuronas. Sin embargo, la aparición y el avance de esta enfermedad también dependen de factores cardiovasculares, genéticos, ambientales y del estilo de vida. En la práctica clínica, el cuadro se presenta de forma variada, con síntomas conductuales y cognitivos que progresan a través de distintas fases. Debido a su complejidad, es necesario un enfoque multidisciplinario e integral (1).
En las últimas décadas, los progresos en el diagnóstico han posibilitado la inclusión de biomarcadores en líquido cefalorraquídeo, neuroimagen y análisis de sangre, que brindan la oportunidad de identificar la enfermedad en etapas más precoces. No obstante, las terapias farmacológicas actuales siguen teniendo un impacto restringido en el avance, por lo que las intervenciones no farmacológicas y la mejora de estrategias de atención centradas en el individuo y su familia se vuelven más importantes. Este panorama pone de manifiesto la necesidad de estudiar los componentes sociales, clínicos y de atención relacionados con el Alzheimer, para así sugerir medidas que ayuden a incrementar la calidad de vida del enfermo y de las personas que lo asisten durante su enfermedad (1).
El Alzheimer es un trastorno neurodegenerativo de tipo crónico y progresivo, que se distingue por la disminución de la memoria, el razonamiento y las capacidades funcionales, lo cual provoca una pérdida paulatina de independencia en las actividades cotidianas. Se le considera la razón más común de demencia en el mundo y abarca entre el 60% y el 70% de las instancias diagnosticadas. Se considera un síndrome desde la perspectiva clínica, el cual se distingue por la afectación progresiva de la conducta y la cognición, que no puede ser achacada a ninguna otra dolencia psiquiátrica o neurológica (1).
En los años más recientes, la definición de Alzheimer ha pasado de ser únicamente clínica a tener una aproximación biológica. Hoy en día, se sabe que la enfermedad puede ser diagnosticada no solo por sus síntomas funcionales y cognitivos, sino también por la existencia de biomarcadores específicos. Estos incluyen la acumulación de proteína tau y beta-amiloide en el cerebro, que pueden identificarse a través de técnicas de neuroimagen o del análisis del líquido cefalorraquídeo. Esta perspectiva ha posibilitado el reconocimiento de casos en etapas preclínicas, incluso antes de que los síntomas se manifiesten (2).
En lo que respecta a su clasificación, existen dos tipos principales de Alzheimer: el de inicio tardío y el de inicio temprano. El primero tiende a aparecer antes de cumplir los 65 años y se relaciona con mutaciones genéticas particulares, como las que se hallan en los genes PSEN1, PSEN2 y APP; el segundo es el más frecuente y normalmente está vinculado a factores de riesgo genéticos, por ejemplo, el alelo APOE ε4, así como a factores ambientales asociados con la vejez. Además, en términos clínicos se divide en etapas o fases, que abarcan la fase preclínica, el deterioro cognitivo leve y la demencia por Alzheimer. Esta última avanza de modo que comienza siendo leve y después pasa a ser moderada y luego severa, con una disminución progresiva de las funciones motoras, conductuales y cognitivas (2).
El Alzheimer es la forma más común de demencia en todo el mundo, pues entre el 50% y el 75% de los casos son de esta enfermedad. La incidencia del Alzheimer se incrementa notablemente con la edad, alcanzando hasta 69 nuevos casos por cada mil personas al año en adultos mayores de noventa años. En América Latina, la prevalencia entre los adultos mayores de 65 años fluctúa entre el 6% y el 12%, lo cual evidencia variaciones en las metodologías diagnósticas, el acceso a los servicios de salud y las particularidades sociodemográficas; no obstante, la tendencia general es creciente por causa del envejecimiento poblacional y del progreso en la identificación de casos (3).
La prevalencia de Alzheimer en Ecuador ha ido en aumento de manera continua; un estudio del Instituto de Neurociencias de Guayaquil señala que entre 2010 y 2022 se dieron 24 casos por cada mil adultos mayores. Esta cifra coincide con los datos del Ministerio de Salud Pública, que en el año 2021 reportó a 2632 personas diagnosticadas, siendo los adultos mayores de 65 años los más impactados. De igual manera, estudios locales, como el que se llevó a cabo en la provincia de Pichincha, apuntan que los factores de riesgo relacionados comprenden la edad avanzada y la escasa educación, lo cual demuestra que es necesario implementar estrategias de detección temprana, prevención y atención integral en el contexto ecuatoriano (4).
La etiopatogenia del Alzheimer es compleja y multifacética; involucra la interacción de elementos ambientales, neurológicos y genéticos que ayudan a que la enfermedad comience y progrese. La neurodegeneración se centra, desde la perspectiva molecular, en la acumulación de beta-amiloide (Aβ) en placas extracelulares y de proteína tau hiperfosforilada en ovillos neurofibrilares. Estas modificaciones causan inflamación microglial, disfunción sináptica y una disminución paulatina de neuronas, lo que tiene un impacto en zonas del cerebro vinculadas a la memoria y a otras funciones cognitivas de alto nivel, como la corteza prefrontal y el hipocampo (5).
[Image of beta-amyloid plaques and tau tangles]
Los elementos genéticos tienen un rol importante, sobre todo en los casos de aparición temprana, pero también afectan la forma tardía de la enfermedad. La presencia del alelo APOE puede tener un impacto en la aparición de síntomas y aumenta la probabilidad de que el Alzheimer se desarrolle durante la adultez mayor. Por otro lado, los cambios en los genes PSEN1, PSEN2 y APP están vinculados con formas familiares de Alzheimer que comienzan temprano. La susceptibilidad individual también es influenciada por otros genes y polimorfismos genéticos que están vinculados con la función sináptica, el metabolismo de lípidos y los procesos inflamatorios (6).
La aparición y la evolución del Alzheimer dependen de manera significativa de los factores ambientales y del estilo de vida. Algunos de los principales son: diabetes mellitus, obesidad, hipertensión, tabaquismo, sedentarismo, pérdida auditiva, exposición a la contaminación ambiental y nivel educativo bajo. Estos elementos tienen la capacidad de obrar independientemente o en conjunto, lo que incrementa la vulnerabilidad neuronal a la acumulación de proteínas patológicas y al estrés oxidativo; por ende, el deterioro cognitivo y funcional se acelera. Se ha comprobado que acciones encaminadas a cambiar estos factores, como el ejercicio físico constante, la estimulación cognitiva y la supervisión de comorbilidades, logran frenar el avance de la enfermedad y optimizar el bienestar del paciente (6).
Además, la interacción de estos elementos ambientales, neurológicos y genéticos explica la diversidad clínica del Alzheimer, aclara por qué algunos pacientes sufren un deterioro acelerado mientras que otros mantienen su funcionalidad durante años. Entender esta etiopatogenia integral posibilita no solamente un enfoque más certero para el diagnóstico e investigación, sino también la creación de estrategias para prevenir, intervenir de manera temprana y cuidar de forma holística al individuo; estas últimas toman en cuenta tanto los elementos sociales, como los ambientales y biológicos del paciente (6).
La evolución clínica del Alzheimer es heterogénea, pero suele seguir un patrón progresivo.
El diagnóstico de la EA es multidimensional e integra diferentes métodos:
El tratamiento de la enfermedad de Alzheimer constituye un desafío clínico y social que requiere un enfoque amplio, progresivo y multidisciplinario, ya que no existe una cura definitiva y las terapias actuales están dirigidas a ralentizar la progresión de la enfermedad, aliviar los síntomas y mejorar la calidad de vida del paciente y de su entorno familiar y social.
El tratamiento farmacológico representa una de las principales herramientas terapéuticas y se basa fundamentalmente en el uso de inhibidores de la colinesterasa como donepezilo, rivastigmina y galantamina. Estos medicamentos actúan bloqueando la enzima acetilcolinesterasa, lo que incrementa la disponibilidad de acetilcolina en las sinapsis cerebrales y favorece la comunicación neuronal. Su indicación se centra principalmente en etapas leves a moderadas de la enfermedad, en las que se ha demostrado una mejora en el rendimiento cognitivo, la memoria, la atención y en algunos casos la conducta del paciente. Sin embargo, es importante destacar que los efectos son sintomáticos y no modifican de manera sustancial el curso neurodegenerativo de la enfermedad (13).
En fases moderadas y graves, el fármaco de elección es la memantina, un antagonista de los receptores NMDA que regula la actividad del glutamato, un neurotransmisor cuya excitotoxicidad contribuye al daño neuronal progresivo. El uso de memantina ha demostrado beneficios en la reducción de síntomas conductuales, en la disminución de la agitación y en la mejora parcial de las funciones cognitivas, lo que se traduce en una mayor capacidad de autonomía para el paciente. Además, en algunos casos se combinan inhibidores de la colinesterasa y memantina como estrategia terapéutica complementaria. En la actualidad también se investigan otros agentes como los anticuerpos monoclonales dirigidos contra la proteína beta-amiloide y tau, que buscan modificar la fisiopatología de la enfermedad, aunque aún se encuentran en fase de evaluación clínica (13).
En paralelo al abordaje farmacológico, las intervenciones no farmacológicas son esenciales y constituyen una parte inseparable del manejo global del paciente con Alzheimer. Dentro de estas destaca la estimulación cognitiva, que incluye ejercicios de memoria, atención, cálculo, orientación temporal y espacial, los cuales permiten enlentecer el deterioro de las funciones ejecutivas y mantener la capacidad de interacción social (14).
Las terapias ocupacionales son igualmente relevantes porque fomentan la preservación de habilidades para las actividades de la vida diaria como vestirse, alimentarse o mantener la higiene personal, retrasando así la dependencia absoluta. Además, existen terapias complementarias como la musicoterapia, la arteterapia, la terapia con reminiscencia y los programas de ejercicio físico adaptado, que han demostrado efectos positivos sobre el estado de ánimo, la conducta y la autoestima del paciente, reduciendo episodios de ansiedad, depresión e irritabilidad. Otro aspecto fundamental del tratamiento no farmacológico es la intervención psicosocial dirigida tanto al paciente como a los cuidadores, pues la carga emocional y física que soportan las familias puede afectar la dinámica familiar y generar altos niveles de estrés. El acompañamiento psicológico, las redes de apoyo y la educación del cuidador son pilares que contribuyen a disminuir esta carga y mejorar la calidad de vida de todo el núcleo familiar (15).
En conclusión, el tratamiento del Alzheimer debe entenderse como un proceso integral y dinámico que no solo busca intervenir sobre el paciente sino también sobre el entorno social que lo rodea. La combinación de terapias farmacológicas y no farmacológicas, junto a un equipo multidisciplinario conformado por médicos geriatras, neurólogos, psicólogos, terapeutas ocupacionales, enfermeras y trabajadores sociales, se convierte en la estrategia más efectiva para enfrentar los retos que plantea esta enfermedad crónica neurodegenerativa que continúa siendo uno de los principales problemas de salud pública a nivel mundial (15).
El impacto social y familiar de la enfermedad de Alzheimer es profundo y multifactorial, ya que no solo afecta al paciente sino también a su entorno cercano. A medida que progresa el deterioro cognitivo, la dependencia del adulto mayor aumenta, lo que obliga a los familiares a asumir un rol de cuidadores principales. Esta situación genera una elevada carga física, emocional y psicológica, pues los cuidadores suelen enfrentarse a episodios de estrés, ansiedad y depresión debido a las demandas constantes del cuidado diario, la vigilancia permanente y la pérdida progresiva de la autonomía del ser querido. Además, la enfermedad ocasiona un impacto económico significativo, tanto por los gastos en medicación, consultas médicas y terapias de apoyo, como por la reducción de la productividad laboral de los cuidadores, que muchas veces deben abandonar parcial o totalmente sus actividades (16).
En el ámbito social, el Alzheimer también produce un aislamiento progresivo, ya que las limitaciones cognitivas y conductuales del paciente restringen la interacción con la comunidad, y los familiares suelen reducir su vida social por la responsabilidad del cuidado. Todo esto convierte al Alzheimer no solo en una enfermedad neurológica, sino también en un problema de salud pública con repercusiones familiares y sociales de gran magnitud (17).
Los retos y perspectivas futuras en la enfermedad de Alzheimer están marcados por la necesidad de avanzar en el diagnóstico temprano, desarrollar terapias más efectivas y fortalecer las políticas de apoyo social y sanitario. Uno de los principales desafíos es la identificación precoz de la enfermedad, ya que la mayoría de los pacientes son diagnosticados en fases moderadas o avanzadas, cuando el daño neuronal ya es considerable. En este sentido, el perfeccionamiento de biomarcadores en sangre, líquido cefalorraquídeo y neuroimagen representa una de las perspectivas más prometedoras, pues permitiría detectar la patología en etapas iniciales e incluso preclínicas. En cuanto al tratamiento, aunque los inhibidores de la colinesterasa y la memantina siguen siendo la base terapéutica, la investigación actual se orienta hacia fármacos modificadores de la enfermedad (18).
En los últimos años se han desarrollado anticuerpos monoclonales dirigidos contra la proteína beta-amiloide y tau, con el objetivo de frenar o revertir el proceso neurodegenerativo. Sin embargo, estos tratamientos todavía enfrentan limitaciones en cuanto a eficacia, seguridad y accesibilidad, lo que plantea la necesidad de ensayos clínicos más amplios y políticas que garanticen su disponibilidad (18).
En el plano social, el envejecimiento poblacional incrementa la prevalencia del Alzheimer y, con ello, la carga para las familias y los sistemas de salud. Un reto fundamental es implementar programas comunitarios que apoyen a cuidadores, reduzcan el estigma de la enfermedad y mejoren la integración social de los pacientes (19). Las perspectivas futuras también incluyen el desarrollo de políticas públicas que contemplen la cobertura económica de los cuidados de largo plazo, la capacitación de profesionales en geriatría y neurología, y la creación de redes de apoyo multidisciplinarias. En conclusión, los retos del Alzheimer abarcan tanto el ámbito científico como el social y económico (20). Las perspectivas futuras se orientan a un abordaje integral que combine el avance en investigación biomédica con la implementación de políticas sanitarias y sociales que garanticen un cuidado digno y sostenible para los pacientes y sus familias (20).
La enfermedad de Alzheimer constituye uno de los mayores desafíos actuales para la medicina y la salud pública debido a su alta prevalencia, su progresión incapacitante y el fuerte impacto económico y social que genera. Los hallazgos de esta revisión permiten comprender que, a pesar de los avances en diagnóstico y tratamiento, la enfermedad continúa siendo incurable, lo que obliga a plantear estrategias integrales de manejo. La introducción de biomarcadores en líquido cefalorraquídeo, sangre y técnicas avanzadas de neuroimagen representa un cambio de paradigma en el diagnóstico temprano, ya que posibilita identificar la enfermedad incluso en fases preclínicas. Sin embargo, el acceso a estas tecnologías sigue siendo limitado en países con menos recursos, lo que evidencia una desigualdad importante en la detección y atención temprana.
En cuanto al tratamiento, los fármacos actualmente disponibles ofrecen un beneficio principalmente sintomático y no modifican el curso natural de la enfermedad. Aunque los anticuerpos monoclonales anti-amiloide y anti-tau han abierto nuevas perspectivas, aún existen dudas sobre su eficacia clínica real, su seguridad a largo plazo y el elevado coste que implica su implementación. Esto sugiere que, a futuro, el tratamiento debe orientarse hacia combinaciones de terapias farmacológicas y no farmacológicas, junto con programas de prevención enfocados en los factores de riesgo modificables como la hipertensión, diabetes, obesidad y sedentarismo.
En el plano social y familiar, la carga del cuidador es uno de los elementos más críticos. El desgaste emocional, físico y financiero que implica atender a un paciente con Alzheimer demanda intervenciones de apoyo estructuradas, políticas de protección social y programas comunitarios que reduzcan el aislamiento y favorezcan la integración. Esto refuerza la necesidad de que el enfoque del Alzheimer no sea únicamente clínico, sino también biopsicosocial.
Finalmente, se observa que la investigación debe continuar enfocada en tres pilares fundamentales: la búsqueda de terapias modificadoras de la enfermedad, la democratización del acceso a diagnósticos y tratamientos avanzados, y la implementación de políticas públicas que contemplen tanto la prevención como el cuidado integral del paciente y de su entorno.
La enfermedad de Alzheimer es un trastorno neurodegenerativo crónico y progresivo que no solo compromete la salud del paciente, sino que también afecta de manera significativa a las familias y a la sociedad en su conjunto. A pesar de los avances recientes en biomarcadores y terapias innovadoras, aún no existe una cura ni un tratamiento que detenga de forma definitiva la progresión de la enfermedad. Por ello, el abordaje debe ser integral, combinando la farmacoterapia sintomática con estrategias no farmacológicas que fomenten la estimulación cognitiva, el apoyo psicosocial y la rehabilitación funcional.
La evidencia señala que el diagnóstico temprano, el manejo multidisciplinario y las políticas de apoyo al cuidador son fundamentales para mejorar la calidad de vida del paciente y mitigar la carga social y económica que genera la enfermedad. En este sentido, el Alzheimer no debe abordarse únicamente desde la perspectiva biomédica, sino también desde la salud pública y las ciencias sociales, garantizando un enfoque centrado en la persona y su familia.
En conclusión, el futuro del manejo del Alzheimer radica en la integración de avances científicos con intervenciones sociales y políticas inclusivas, lo que permitirá enfrentar de manera más efectiva los retos que plantea esta enfermedad, cada vez más prevalente en sociedades que envejecen rápidamente.