| Amada José Ruilova Núñez 1 aruilova3@utmachala.edu.ec https://orcid.org/0009-0001-6748-9125 Afiliación: Universidad Técnica de Machala País Ecuador |
Stefanie Pauleth Ruilova Torres 2 sruilova2@utmachala.edu.ec https://orcid.org/0009-0008-2003-2612 Afiliación: Universidad Técnica de Machala País Ecuador |
|---|---|
| Jhonatan Andrés Suconota Espinoza 3 jsuconota1@utmachala.edu.ec https://orcid.org/0009-0002-4356-3965 Afiliación: Universidad Técnica de Machala País Ecuador |
Diana Carolina Valdez Jimbo 4 https://orcid.org/0009-0008-9602-2285 dvaldez3@utmachala.edu.ec Afiliación: Universidad Técnica de Machala País Ecuador |
| Haylin Valentina Porras Ibañez 5 haylinvalentina0527@gmail.com https://orcid.org/0009-0005-2198-6774 Afiliación: Universidad Técnica de Machala País Ecuador |
Resumen
La pandemia de COVID-19 constituyó una crisis familiar no normativa sin precedentes en Ecuador, alterando la vida cotidiana y el bienestar físico, emocional, social y económico de los hogares. Los confinamientos prolongados, el cierre de escuelas y la pérdida de empleos generaron altos niveles de estrés, ansiedad y sobrecarga de roles, afectando especialmente a cuidadores principales, niños y adolescentes. La interrupción de rutinas educativas y sociales, la inseguridad alimentaria y la violencia intrafamiliar evidenciaron la vulnerabilidad de muchas familias ante eventos inesperados. Para analizar estos impactos, se realizó un estudio cualitativo descriptivo-analítico mediante revisión documental de literatura científica y reportes oficiales entre 2021 y 2025, empleando categorización temática y triangulación de fuentes. Los hallazgos mostraron que las familias enfrentaron múltiples crisis paralelas: duelo y pérdidas inesperadas, secuelas físicas por COVID prolongado, deterioro de la salud mental, violencia doméstica, dificultades educativas, inestabilidad económica, migración forzada y reorganización de roles familiares. Pese a estas dificultades, se evidenció resiliencia familiar basada en apoyo mutuo, comunicación abierta, adaptación de rutinas, búsqueda de apoyo externo y fortalecimiento de la espiritualidad. La medicina familiar desempeñó un papel fundamental, ofreciendo atención integral, acompañamiento psicosocial y derivación a servicios especializados. En conclusión, la pandemia reveló tanto la fragilidad como la capacidad de adaptación de las familias ecuatorianas, demostrando que la resiliencia es un proceso colectivo que depende de recursos internos y externos. Promoverla requiere políticas públicas integrales que incluyan prevención, asistencia económica y psicosocial, así como el fortalecimiento de redes comunitarias, garantizando hogares cohesionados, emocionalmente estables y capaces de enfrentar futuras crisis imprevisibles.
The COVID-19 pandemic constituted an unprecedented non-normative family crisis in Ecuador, disrupting daily life and the physical, emotional, social, and economic well- being of households. Prolonged lockdowns, school closures, and job losses generated high levels of stress, anxiety, and role overload, particularly affecting primary caregivers, children, and adolescents. The disruption of educational and social routines, food insecurity, and domestic violence highlighted the vulnerability of many families to unexpected events. To analyze these impacts, a qualitative descriptive- analytical study was conducted through a documentary review of scientific literature and official reports between 2021 and 2025, using thematic categorization and triangulation of sources. The findings showed that families faced multiple parallel crises: grief and unexpected losses, physical sequelae from prolonged COVID, deteriorating mental health, domestic violence, educational difficulties, economic instability, forced migration, and reorganization of family roles. Despite these difficulties, family resilience was evident, based on mutual support, open communication, adaptation of routines, seeking external support, and strengthening spirituality. Family medicine played a fundamental role, offering comprehensive care, psychosocial support, and referral to specialized services. In conclusion, the pandemic
revealed both the fragility and the adaptability of Ecuadorian families, demonstrating that resilience is a collective process that depends on internal and external resources. Promoting it requires comprehensive public policies that include prevention, economic and psychosocial assistance, as well as the strengthening of community networks, ensuring cohesive, emotionally stable households capable of facing future unpredictable crises.
Crisis familiares, crisis no normativas, ciclo vital familiar ,resiliencia familiar, COVID- 19, confinamiento
Family crises, non-normative crises, family life cycle, family resilience, COVID-19, lockdown
Las crisis familiares son acontecimientos que alteran significativamente la vida del hogar, ya que pueden desestabilizar las relaciones y el bienestar de sus miembros. En la teoría del ciclo vital familiar se distingue entre crisis normativas (o evolutivas) y crisis no normativas (paranormativas), que son impredecibles y no integradas al ciclo vital habitual. Estas crisis paranormativas suelen ser percibidas como eventos catastróficos que generan gran tensión e incertidumbre en la familia. Dado su carácter extraordinario e inesperado, las crisis no normativas pueden exacerbar síntomas físicos o psíquicos previos y exigir rápidos reajustes estructurales en los roles familiares. En este sentido, la resiliencia familiar entendida como la capacidad colectiva de resistir y recuperarse frente a desafíos disruptivos es un concepto clave para explicar cómo las familias enfrentan y superan dichas crisis.
El impacto de la pandemia por COVID-19 ilustró claramente una crisis paranormativas a escala global. La rápida adopción de medidas de distanciamiento social, cuarentenas y el cierre de escuelas y empresas alteró la vida cotidiana de las familias, imponiendo confinamientos prolongados a menudo en espacios reducidos. Estas restricciones generaron altos niveles de estrés y ansiedad vinculados a la incertidumbre sanitaria, la magnitud de la epidemia y la pérdida de familiares (1). Niños y jóvenes en particular sufrieron dificultades emocionales para entender la
crisis, lo que presionó la dinámica familiar y amenazó la salud de sus miembros si no se disponía de apoyo adecuado. Este escenario requirió que las familias movilizaran recursos de adaptación como nuevos horarios, educación en casa y estrategias de afrontamiento emocional para afrontar un estrés prolongado. En efecto, la pandemia actuó como factor estresante extraordinario no previsto en el ciclo de vida, provocando la aparición simultánea de múltiples crisis paralelas (salud, económica, educativa) que las familias debieron aprender a manejar sin preparación (2).
En Ecuador, el primer caso confirmado de COVID-19 se registró en marzo de 2020, lo que llevó al gobierno a implementar estrictas medidas de confinamiento y restricciones de movilidad Estas acciones cambiaron drásticamente las rutinas diarias: las escuelas y centros de trabajo se cerraron, los traslados quedaron limitados y la interacción social se redujo casi exclusivamente al entorno del hogar. De acuerdo con (3), esto provocó cambios en la vida cotidiana de las personas y generó crisis no normativas en las familias, que han aparecido inesperadamente e incidido en la dinámica familiar. Las familias ecuatorianas se vieron obligadas a reajustar sus estructuras internas como: roles, actividades, apoyo mutuo ante una nueva realidad forzada por la pandemia.
El colapso económico asociado al COVID-19 exacerbó aún más estas crisis familiares. Encuestas de UNICEF realizadas en Ecuador en 2020-2022 muestran que más de la mitad de los hogares con niños y adolescentes (52 %) sufrieron pérdida de empleo, cifra superior al promedio nacional (43 %). Por consiguiente, casi 8 de cada 10 familias con menores reportaron que sus ingresos disminuyeron respecto al nivel prepandemia (4). Para subsistir, recurrieron a estrategias de emergencia como préstamos de familiares (57 %) o sacrificio de gastos básicos (alimentos, medicinas o incluso renta). Además, la inseguridad alimentaria se mantuvo elevada: aproximadamente la mitad de los hogares (48 %) declararon no tener garantizado el alimento diario, con picos superiores al 75 % en los hogares de escasos recursos que incluyan niños. Aunque el estado ofreció bonos de emergencia, pensiones solidarias y complementos alimentarios, estos esfuerzos apenas compensaron en parte la caída económica (5). En conjunto, la evidencia indica una recuperación económica lenta y desigual, con impactos desproporcionados en hogares vulnerables y monoparentales, agraviando las tensiones preexistentes dentro de las familias.
Según UNICEF, 7 de cada 10 hogares con menores reportaron que sus hijos experimentaron al menos una situación emocional negativa en el contexto de la pandemia. Estas dificultades afectaron el ambiente familiar diario: muchos padres vieron incrementarse los conflictos interpersonales bajo estrés, mientras que la percepción general de malestar emocional se volvía más pronunciada. En consecuencia, las familias tuvieron que lidiar simultáneamente con duelos inesperados con problemas de salud mental y con demandas crecientes de cuidado. Aún tras el levantamiento de las medidas sanitarias estrictas, persisten secuelas como la sobrecarga de cuidadores principales y la necesidad de apoyo psicológico comunitario (6).
La pandemia transformó profundamente la cotidianeidad de las personas, generando cambios sustanciales en la dinámica familiar, dimensiones como la permeabilidad, la armonía, la adaptabilidad y la participación familiar fueron las más alteradas, reflejando el impacto global en la vida doméstica. En suma, los datos conceptuales y empíricos coinciden en que la crisis del COVID-19 ha sido una situación paranormativa que interrumpió el ciclo vital de muchas familias ecuatorianas. Esta convergencia teórica y práctica subraya la importancia de fortalecer la resiliencia familiar: fomentar redes de apoyo social, acceso oportuno a servicios de salud mental y estrategias comunitarias que permitan a las familias enfrentar y superar las consecuencias colaterales de la pandemia (1).
El presente estudio se desarrolló bajo un enfoque cualitativo de carácter descriptivo- analítico, con el fin de explorar en profundidad las crisis familiares no normativas derivadas de la pandemia de COVID-19 en Ecuador. Se adoptó un diseño documental y de análisis de contenido, que permitió integrar información conceptual y evidencia empírica reciente. La recolección de datos se basó en la revisión sistemática de literatura científica publicada entre 2021 y 2025, incluyendo artículos revisados por pares, informes oficiales del Ministerio de Salud Pública (MSP), Organización Mundial de la Salud (OMS), Organización Panamericana de la Salud (OPS), UNICEF y estudios académicos locales. Esta estrategia aseguró la incorporación de perspectivas teóricas (ciclo vital familiar, modelo de resiliencia) y hallazgos prácticos sobre los efectos socioeconómicos, de salud y psicológicos de la pandemia en los hogares ecuatorianos.
Para la búsqueda de información se utilizaron bases de datos académicas (Scielo, PubMed, Scopus y Google Scholar) y repositorios institucionales nacionales (Biblioteca Virtual de la Universidad Central del Ecuador, Ministerio de Salud Pública y UNICEF Ecuador). Se emplearon palabras clave en español e inglés como crisis familiares no normativas, COVID-19, Ecuador, impacto psicosocial y resiliencia familiar. Los criterios de inclusión consideraron estudios publicados en los últimos cuatro años, acceso a texto completo, pertinencia temática y validez metodológica. Tras una primera selección de 82 documentos, se realizó un cribado por relevancia, quedando finalmente 36 fuentes para el análisis detallado. Cada documento fue evaluado en cuanto a objetivos, metodología, principales hallazgos y conclusiones, lo que permitió identificar patrones comunes y divergencias en el impacto de la pandemia sobre las familias.
El análisis se efectuó mediante categorización temática y triangulación de la información, lo que facilitó relacionar los datos teóricos con las evidencias locales. Se organizaron las categorías en función de los principales tipos de crisis identificadas: duelo y pérdida inesperada, salud física (COVID prolongado), salud mental, violencia intrafamiliar, crisis educativas, económicas, migratorias y de sobrecarga de roles. La triangulación entre fuentes académicas, reportes institucionales y estadísticas oficiales permitió aumentar la validez de los hallazgos y sustentar la discusión de resultados. Este enfoque metodológico garantizó una interpretación integral que vincula el contexto ecuatoriano pospandemia con los marcos conceptuales de la resiliencia y el riesgo familiar, ofreciendo así una base sólida para las conclusiones y recomendaciones del estudio.
La pandemia de COVID-19 fue un impacto social, económico y sanitario sin precedentes entre 2020 y 2023, que tuvo un impacto directo en la organización y el bienestar de las familias a nivel global. El cierre de fronteras, los confinamientos prolongados, la interrupción de servicios básicos y la crisis económica mundial generaron un panorama incierto que transformó profundamente la vida cotidiana. Con respecto a la salud, el desbordamiento de los sistemas sanitarios y la falta de acceso oportuno a servicios médicos no solo provocaron una mayor mortalidad por el virus,
sino que también ocasionaron que se descuidaran las enfermedades crónicas y las necesidades relacionadas con la salud mental (7).
La Organización Mundial de la Salud (OMS) informó que, en el primer año de la crisis, la prevalencia mundial de depresión y ansiedad aumentó un 25%, hecho que está directamente relacionado con el aislamiento social, el miedo al contagio, la pérdida de seres queridos y el trastorno de rutinas esenciales del autocuidado (8). En los hogares con hijos, adolescentes y personas dependientes, este impacto psicológico fue especialmente perceptible, ya que el cierre de escuelas, centros de atención y actividades recreativas supuso una carga extra para los cuidadores principales, que suelen ser las madres (9) .
Numerosas investigaciones psicológicas han demostrado que el estrés, la ansiedad y la depresión son significativamente más elevados en el entorno doméstico. Según un análisis global realizado por Penna et al.(10), el bienestar de las mujeres y su capacidad para mantener buenas prácticas de crianza se vieron afectados por el aumento de los síntomas de angustia que experimentaron durante la epidemia, estas asumieron tareas educativas, domésticas y laborales a la vez. ² Las familias con hijos menores de 18 años informaron de un deterioro sistemático de la salud mental durante el confinamiento, según un estudio longitudinal de cohortes realizado por Gadermann et al (11).Según estudios realizados en varios países, las normas de salud pública se relacionaron con niveles significativos de angustia psicológica tanto en adultos como en niños y adolescentes (12).
En términos socioeconómicos, la pérdida masiva de empleos, el descenso de los ingresos y la incertidumbre laboral llevaron a millones de familias a una situación económica precaria, lo que provocó altos niveles de estrés e incluso crisis familiares no normativas en muchos casos, vinculadas con una repentina pobreza y exclusión social. La pandemia agravó las desigualdades estructurales para los hogares que ya eran vulnerables: escasez de acceso a dispositivos tecnológicos, condiciones de vivienda precarias y redes de apoyo comunitario limitadas (13) .
UNICEF, por su parte, destacó que "los niños y los adolescentes no eran la cara de la pandemia, pero sí sus más afectados". A pesar de que no eran el grupo con mayor vulnerabilidad médica frente al virus, padecieron de manera desproporcionada las consecuencias indirectas de las medidas para mitigar la pandemia, como el cierre
prolongado de escuelas, la falta de espacios para socializar, el aumento del trabajo infantil y la inseguridad alimentaria en algunos contextos. Estos trastornos impactaron su desarrollo emocional, educativo y social, lo que provocó retrasos en el aprendizaje y una mayor exposición a riesgos como el abuso, la negligencia y la violencia doméstica (14).
Muchas familias se vieron obligadas a pasar más tiempo juntas de lo habitual en espacios reducidos durante los prolongados confinamientos y las restricciones de movilidad, lo que supuso una carga para los roles familiares y la dinámica doméstica. Sin los rituales externos (trabajo, colegio, eventos sociales) que proporcionan un
«respiro», esta convivencia forzada exacerbó las tensiones interpersonales, el cansancio emocional y las disputas entre los miembros de la familia. Según una investigación sobre la resiliencia familiar durante la pandemia, las familias con menos recursos, económicos, físicos y tecnológicos, tuvieron más dificultades para adaptarse a la nueva normalidad y mantener una convivencia pacífica (15).
Para algunas familias la crisis sirvió como estímulo para el fortalecimiento y la reestructuración internos. Según la teoría de la resiliencia familiar, algunas familias pudieron adaptarse más fácilmente, reorganizar las tareas domésticas y apoyarse mutuamente durante los momentos difíciles cuando tenían acceso a recursos de afrontamiento como la comunicación abierta, la flexibilidad de roles y un objetivo común. Basándose en criterios como el tamaño de la familia, la existencia de redes sociales previas y los recursos financieros acumulados, los estudios longitudinales han revelado los perfiles de las familias que tienen una mayor «resiliencia económica y relacional» frente a la epidemia (16) .
Además de alterar las rutinas familiares, la pandemia de COVID-19 supuso un importante impacto emocional para las familias, que tuvieron que lidiar con la enfermedad y la muerte de seres queridos. Los altos niveles de ansiedad se debieron a la preocupación constante por la propagación de la enfermedad dentro de la familia, especialmente en hogares donde algunos miembros estaban en situación de riesgo o padecían comorbilidades. La convivencia se convirtió en una situación de cuidados intensivos en el hogar, aislamiento interno y ansiedad por la posible necesidad de hospitalización. Además, debido a las limitaciones en las costumbres funerarias y en la movilidad, los procesos de duelo de muchas familias se vieron interrumpidos en casos de fallecimiento, lo que dificultó el proceso de recuperación emocional. Según
investigaciones internacionales, las familias que perdieron a sus principales sustentadores o cuidadores también eran más propensas a sufrir angustia emocional a largo plazo, inestabilidad económica y desorganización familiar (17)(18) .
Las crisis familiares no normativas se distinguen por ser sucesos repentinos e imprevistos que no tienen relación con el curso natural del ciclo de vida familiar. Las crisis no normativas, a diferencia de las normativas, surgen a partir de factores externos o accidentes que obligan a una familia a improvisar nuevas maneras de organizarse y sobrellevar la situación. Las crisis normativas, en cambio, están asociadas con transiciones previsibles como la llegada de un hijo, el ingreso en la adolescencia o la jubilación. La muerte súbita de un familiar, la pérdida del empleo, accidentes incapacitantes, migración forzada o catástrofes naturales son ejemplos. Sin los recursos necesarios para afrontar la situación, a menudo sin ellos, estas circunstancias interrumpen las rutinas establecidas y requieren ajustes rápidos (19) .
La magnitud de estas crisis se hizo evidente en el contexto de la pandemia del COVID-
19. El impacto no se limitó al sector de la salud, sino que atravesó la vida cotidiana de las familias a través de tres principales fuentes de estrés: incertidumbre, inestabilidad económica y confinamiento. Estos factores, a la vez, desestabilizaron la vida familiar, lo que supuso un reto para las familias en su capacidad de sostener el equilibrio funcional y emocional. La falta de capacidad para conservar las rutinas escolares, laborales y sociales generó un "vacío referencial" en el que los hogares tuvieron que reestructurar roles, instaurar nuevas rutinas y asumir responsabilidades inesperadas, como la educación en casa o el cuidado extendido de personas enfermas. La OMS sostiene que esta interrupción contribuyó a un aumento considerable de los niveles mundiales de ansiedad y depresión (20,21).
El modelo de resiliencia y riesgo familiar resulta útil para comprender la manera en que estas crisis afectaron a las familias. Esta perspectiva sostiene que los estresores externos (como una pandemia) penetran en los procesos internos de la familia: la comunicación, el manejo de recursos, la supervisión de los niños, el cuidado de personas dependientes y la resolución de conflictos. En este sentido, una familia no se enfrenta a una crisis solo en función de la magnitud del acontecimiento, sino
también de su capacidad para reorganizarse, apoyarse mutuamente y acceder a redes de apoyo externas. Cuando estas habilidades son débiles, los factores de estrés aumentan las desigualdades existentes, lo cual genera una mayor vulnerabilidad en familias que ya eran precarias antes de la pandemia (19,22).
Una manera clara para comprender cómo afectó la pandemia a la vida familiar es señalar los diversos tipos de crisis familiares no normativas que aparecieron o se intensificaron durante este lapso. Según Prime, Wade y Browne (19), la crisis de salud funcionó como un "estrés múltiple" que se introdujo en los procesos internos de la familia, lo que impactó su comunicación, sus roles y su capacidad para recuperarse. Estas crisis no sucedieron de manera uniforme, sino que adoptaron diversas formas que afectaron la salud, la economía, la educación y la convivencia en el hogar (22,23). A continuación, se detallan las principales clases de crisis que se han identificado en el contexto postpandémico.
Durante la pandemia y el tiempo posterior, uno de los fenómenos más dolorosos y desestabilizadores fue el duelo no normativo. La alta tasa de mortalidad provocada por el COVID-19, a menudo imprevista y repentina, interrumpió la continuidad emocional y familiar en los hogares. A diferencia de un duelo anticipado, las muertes durante la pandemia se caracterizaron por no poder realizar ritos fúnebres y despedidas, lo que provocó períodos de luto difíciles y prolongados. Numerosas familias experimentaron múltiples pérdidas en lapsos de tiempo breves, lo que les sobrepasó los recursos para afrontar la situación y elevó el riesgo de problemas psíquicos. En particular, los niños y adolescentes vivieron la súbita pérdida de sus padres o cuidadores, lo que obligó a los tutores y a los miembros de la familia ampliada a reestructurar de manera repentina las funciones de cuidado y protección. Estas circunstancias convierten el duelo en medio de una pandemia en una crisis no normativa que tiene efectos a largo plazo sobre la estabilidad y la cohesión familiar (24,25).
Un segundo tipo de crisis emergente está vinculado a las secuelas físicas de la infección por COVID-19, en particular el síndrome de COVID prolongado. Esta condición, que se caracteriza por la fatiga, la disnea, el dolor persistente y las
dificultades cognitivas, impactó la autonomía de muchas personas en edad laboral. Esto obligó a sus familias a reorganizar las tareas, asumir gastos médicos adicionales y reestructurar las rutinas laborales y domésticas (26).
Esta es una crisis no normativa, ya que la enfermedad y la dependencia surgieron de manera inesperada en personas que antes eran independientes y se mantenían económicamente en sus hogares. Como resultado, los cuidadores familiares experimentaron sobrecarga emocional y física, agotamiento psicológico y tensiones en la economía familiar. Este tipo de crisis pone de relieve la necesidad de sistemas de apoyo a los cuidados y políticas públicas específicas para ayudar a las familias que se han visto afectadas (27).
La incertidumbre sobre el futuro, la sobrecarga de responsabilidades en casa y el trabajo, así como la prolongada reclusión, provocaron un aumento considerable de problemas de salud mental en jóvenes, adultos y niños. La OMS (Organización Mundial de la Salud) reporta que, en el primer año de la pandemia, la prevalencia mundial de ansiedad y depresión se incrementó un 25%, lo cual evidencia el profundo efecto psicológico que tuvo esta crisis sanitaria (28).
En el ámbito familiar, estos problemas se manifestaron en un mayor número de conflictos, deterioro en la comunicación y tensiones que surgían debido a la convivencia forzada en espacios reducidos. Los adolescentes eran un grupo especialmente vulnerable: se encontraron con emociones de soledad, desmotivación y aumento en los índices de depresión y ansiedad, lo que tuvo un impacto directo en el ambiente emocional del hogar y en la capacidad de los padres para ofrecer apoyo eficaz (29).
Así, la crisis de salud mental en el periodo postpandemia se presenta como una crisis familiar no normativa, ya que perturba la operación de la familia, que es la capacidad del hogar para sostener cohesión, soporte mutuo y métodos constructivos para resolver conflictos. La continuidad de estos impactos sugiere que se deben implementar estrategias integrales de apoyo social y psicológico para promover la resiliencia familiar a mediano y largo plazo (30).
La violencia de género y la violencia intrafamiliar aumentaron súbitamente a nivel global, debido a los encierros, las limitaciones en la movilidad y las tensiones económicas y sociales que surgieron como consecuencia de la pandemia. La información de varias investigaciones señala que las casas se convirtieron en entornos peligrosos para mujeres, niños y adolescentes, los cuales fueron víctimas de abuso físico y psicológico y, en ciertas ocasiones, sexual, sin tener acceso inmediato a redes de apoyo externas. La combinación de estrés sostenido, desempleo, incertidumbre económica y falta de vías de escape provocó un aumento en la violencia y el conflicto interno (31).
Esta crisis en muchas ocasiones obligó a las familias a reorganizarse mediante separaciones, ingreso a refugios temporales, quejas legales o intervenciones institucionales, lo que alteró de manera repentina la estructura y la dinámica familiar. Además, el acceso limitado a los servicios judiciales y sociales durante los períodos de confinamiento obstaculizó la protección inmediata de las víctimas, lo que generó un entorno extremadamente vulnerable (32).
A pesar de que los métodos restrictivos se fueron relajando con el tiempo, las evidencias indican que la violencia intrafamiliar instaurada durante la pandemia no finalizó al concluirse la emergencia sanitaria. Por el contrario, en la época pospandémica, numerosas familias siguen enfrentando las repercusiones económicas, sociales y emocionales de estos episodios, lo que convierte a la violencia doméstica en un problema persistente para la salud pública y el bienestar social que necesita respuestas integrales, tanto desde el punto de vista preventivo como desde los enfoques del cuidado y de la reparación (33).
Uno de los problemas no normativos más evidentes que surgió fue el cierre prolongado de colegios, lo que provocó la pérdida de aprendizajes y la degradación del desarrollo social de adolescentes y niños. Según estudios recientes, los alumnos vivieron demoras equivalentes a varios meses de educación, siendo las matemáticas y la comprensión lectora las áreas más afectadas (34) . Esta crisis, además, no fue uniforme: tuvo un impacto desmedido en los hogares con pocos recursos tecnológicos o sin acceso a Internet, lo que hizo que las brechas educativas existentes se ampliaran. Los padres, al tomar el papel de maestros improvisados, se encontraron
con un aumento en la tensión y el estrés dentro de la dinámica familiar; esto demuestra que la crisis educativa también se transformó en una crisis de convivencia y organización interna (35,36) .
La pandemia provocó una caída en los ingresos familiares, el cierre de negocios y la pérdida masiva de empleos, lo que alteró profundamente la estabilidad económica de millones de hogares. Esta crisis se expresó en forma de deuda, inseguridad alimentaria y riesgo de desalojo. Al mismo tiempo, la imposición del teletrabajo modificó las dinámicas familiares: en ciertas situaciones, propició una mayor intimidad y equilibrio entre trabajo y vida personal; sin embargo, en muchas otras, significó una sobrecarga de responsabilidades, problemas para desconectarse y conflictos con la vida personal. La inestabilidad laboral no solo tuvo un impacto en los medios de vida materiales, sino que también acrecentó la tensión y vulnerabilidad en los hogares, lo que ha causado una crisis no normativa que sigue teniendo efectos sobre las familias después de la pandemia (37,38).
La pandemia del COVID-19 no solo tuvo repercusiones en la economía y la salud de las familias, sino que también ocasionó el desplazamiento interno y la migración forzada, sobre todo en las áreas con altos niveles de vulnerabilidad social. El despido repentino de empleados, el cierre definitivo de empresas y la imposibilidad de acceder a servicios educativos y sanitarios esenciales llevaron a que numerosas familias abandonaran sus hogares en busca de condiciones de vida más adecuadas o atención médica especializada. Estas dinámicas acentuaron la inestabilidad social y territorial, desintegrando las redes familiares tradicionales y debilitando los sistemas de apoyo comunitario que actuaban como amortiguadores frente a la adversidad (39).
Por lo tanto, muchas familias tuvieron que reorganizar sus estructuras internas en nuevos contextos sociales, a menudo marcados por la falta de seguridad laboral, la ausencia de viviendas apropiadas y las dificultades para integrarse en comunidades anfitrionas. Los niños y los adolescentes fueron especialmente golpeados por las consecuencias de este tipo de crisis, pues experimentaron interrupciones en su educación, transiciones a otros sistemas educativos o extensos periodos de rezago académico, lo que tuvo un impacto negativo en su desarrollo cognitivo y social (40).
Además, estas migraciones forzadas agravaron las desigualdades ya existentes, pues los hogares con menos recursos fueron los que más sufrieron por no tener acceso a políticas de migración inclusivas, a transporte seguro o a programas de ayuda humanitaria. En este contexto, la movilidad asociada a la pandemia no se limitó a un cambio de ubicación geográfica; también implicó cambios significativos en las relaciones familiares, en la estabilidad emocional de los hogares y en la habilidad de las comunidades para mantener redes solidarias (41).
La pandemia ocasionó un cambio repentino en los roles familiares, modificando la dinámica diaria de los hogares a nivel global. Los padres y las madres, en particular, tuvieron que asumir los papeles de trabajadores a distancia, cuidadores a tiempo completo y profesores improvisados al mismo tiempo, lo cual generó una presión sin precedentes sobre la gestión del tiempo y el equilibrio entre la vida laboral, personal y familiar. La realización de esta variedad de funciones, sin un apoyo o preparación adecuados, incrementó el riesgo de agotamiento parental, conflictos conyugales y tensiones intergeneracionales (42).
Aunque en algunos casos el teletrabajo ayudó a equilibrar la vida laboral y personal, en muchos otros tuvo el efecto contrario: se desdibujaron las fronteras entre la vida laboral y la vida hogareña debido a las largas jornadas, la ausencia de espacios privados y las dificultades para desconectarse de las obligaciones laborales. Conforme a varios informes internacionales, la carga mental y emocional aumentó para los padres debido a que se suspendieron las clases presenciales y se pasó de manera repentina a la educación en línea, lo que hizo que ellos asumieran gran parte de la responsabilidad del apoyo educativo de sus hijos. Las mujeres asumieron estas tareas en mayor medida (43).
Este escenario de sobrecarga de roles provocó que aumentara el estrés crónico, la fatiga emocional y la pérdida del bienestar en los hogares; incluso propició la aparición de rupturas matrimoniales y procesos de separación. Estas transformaciones, desde un enfoque sistémico, pusieron de relieve la vulnerabilidad de los hogares a crisis no normativas, pero también resaltaron el valor de reforzar la resiliencia y la flexibilidad familiar como elementos protectores. Para mitigar los efectos negativos de esta crisis y para futuras emergencias globales, se volvió crucial la capacidad de reorganizar
tareas, sostener canales de comunicación eficaz y crear redes externas de apoyo (22).
Ante estas crisis, la resiliencia familiar entendida como la capacidad de la familia para sobreponerse y adaptarse positivamente a la adversidad cobró especial relevancia. Numerosos estudios han investigado las estrategias de afrontamiento que las familias utilizaron para manejar el estrés pandémico. En términos generales, las familias desplegaron una combinación de recursos emocionales, cognitivos y prácticos para salir adelante. Los vínculos afectivos dentro del hogar se convirtieron en un pilar fundamental: los lazos de cariño y solidaridad son una fuente importante de resiliencia familiar frente a la crisis. De hecho, estudios basados en el modelo de resiliencia de Walsh (2021) señalan que fortalecer los vínculos emocionales entre los miembros de la familia refuerza la capacidad de cada integrante, y del sistema familiar en conjunto, para resistir la situación adversa (44).
Entre las principales estrategias de afrontamiento familiar identificadas destacan:
marcado cuidado mutuo. Con estas adaptaciones, muchas familias recuperaron gradualmente una sensación de equilibrio y estabilidad en su dinámica diaria (45).
La perspectiva del medio familiar se refiere a la importancia del entorno y las relaciones familiares en la respuesta a situaciones de crisis. La pandemia evidenció que la manera en que una familia percibe y enfrenta un problema está profundamente influenciada por su dinámica interna, sus valores y la calidad de sus vínculos. En otras palabras, el contexto familiar actúa como filtro y motor de la resiliencia: un ambiente cohesionado y con buena comunicación facilita el afrontamiento constructivo, mientras que un entorno familiar conflictivo o frágil puede agravar el impacto del estrés(48).
Desde esta perspectiva, el rol de la familia como sistema fue central durante la COVID-19. La familia suele ser el primer núcleo de apoyo al que acuden sus miembros en momentos de dificultad, y en la pandemia quedó de manifiesto tanto su potencial de protección como sus posibles fragilidades. Familias con fuertes redes de apoyo internas pudieron distribuir mejor las cargas (por ejemplo, adultos turnándose para acompañar a enfermos, o apoyándose en familiares para el cuidado de niños cuando alguien enfermaba). Del mismo modo, aquellas que fomentaron una comunicación abierta sobre miedos y necesidades pudieron manejar más eficazmente la incertidumbre y tomar decisiones conjuntas (como definir protocolos caseros de higiene, o cuándo buscar ayuda médica). En contraste, en hogares donde preexistían conflictos familiares o comunicación deficiente, el encierro prolongado y las presiones externas incrementaron la tensión, llevando en algunos casos a situaciones de violencia o deterioro de la salud mental de sus integrantes (49).
Un estudio cualitativo realizado con familias latinoamericanas afectadas por COVID-
19 aporta una visión reveladora de la perspectiva familiar ante la enfermedad. Inicialmente, cuando un miembro contraía el virus, las familias experimentaban temor, angustia y estrés, reforzado por el aislamiento social obligatorio. Sin embargo, desde la mirada de los propios familiares, con el paso del tiempo muchas lograron encontrar un nuevo equilibrio: mediante la solidaridad y reorganización interna, empezaron a percibir "algo bueno dentro de lo malo", como una mayor unión familiar y fortalecimiento de sus relaciones. Las familias describieron que tras el periodo crítico recuperaron cierta estabilidad en su funcionamiento, ajustando rutinas y roles para adaptarse a la nueva normalidad. Esta capacidad de reajuste familiar enfatiza cómo la perspectiva interna juega un papel clave en la resiliencia(50).
La medicina familiar, por su enfoque integral centrado en la persona dentro de su contexto familiar y comunitario, desempeñó un rol fundamental frente a las crisis derivadas de la COVID-19. Los médicos de familia, especialmente en Latinoamérica, tuvieron que adaptarse rápidamente para atender no solo la enfermedad viral, sino también las repercusiones psicosociales en sus pacientes y sus entornos domésticos. Este campo de la medicina se caracteriza por abordar la salud de forma biopsicosocial, lo cual cobra importancia mayor en situaciones donde los problemas
médicos, emocionales y sociales se entrelazan, como ocurrió durante la pandemia (51).
Diversos autores destacan que el médico familiar actuó como primer punto de contacto y apoyo para muchas familias angustiadas. En Ecuador, por ejemplo, se ha propuesto que la intervención temprana por parte del médico familiar en la comunidad ayuda a las familias a afrontar estas crisis y permite una derivación oportuna a psicoterapia u otros servicios especializados cuando es necesaria. Esto implica que el médico de cabecera no solo atendió síntomas físicos de COVID-19, sino que estuvo atento a señales de estrés familiar, duelo complicado, violencia doméstica o deterioro de la salud mental en el hogar. Al identificar estos problemas, el médico familiar pudo brindar consejería básica, involucrar a otros profesionales (psicólogos, trabajadores sociales) y dirigir a la familia hacia recursos de apoyo disponibles (52).
Además, la medicina familiar aportó enfoques preventivos y educativos valiosos. Muchos médicos de atención primaria difundieron información veraz para contrarrestar la ansiedad y rumores sobre el virus, aconsejaron sobre hábitos saludables en confinamiento y estrategias para manejar la ansiedad (por ejemplo, mantener rutinas, ejercicio en casa, limitar la sobreexposición a noticias alarmantes). En varios lugares, la atención primaria implementó teleconsultas y seguimiento telefónico, lo que permitió sostener el vínculo médico-familia aun en medio del aislamiento, ofreciendo orientación personalizada. Todo ello contribuyó a que las familias se sintieran acompañadas y capacitadas para afrontar la situación(53).
Es importante resaltar que la perspectiva familiar es intrínseca a la medicina familiar: los médicos familiares están entrenados para considerar el medio familiar y comunitario del paciente como parte del diagnóstico y tratamiento. Durante la pandemia, esta perspectiva fue crucial. Un enfoque centrado en la familia permitió, por ejemplo, entender cómo el contagio o muerte de un miembro afectaba al resto, o cómo la pérdida del empleo del sostén económico repercutía en la salud (física y mental) de toda la familia. De esta manera, la respuesta de la medicina familiar incluyó intervenciones a nivel micro y a nivel macro (41).
Los hallazgos de investigaciones recientes sugieren varias acciones clave desde la medicina familiar ante futuras crisis similares:
La pandemia de COVID-19 en Ecuador demostró que las crisis imprevistas y no reguladas pueden cambiar significativamente el funcionamiento de las familias y provocar una cascada de consecuencias que afectan al bienestar físico, emocional, financiero e interpersonal de sus miembros. Además de dificultar la convivencia, el confinamiento prolongado y la alteración de las rutinas diarias revelaron fallos estructurales que hasta entonces habían pasado desapercibidos. La sobrecarga de roles, las dinámicas agresivas, las pérdidas repentinas y el deterioro de la salud mental pusieron de manifiesto que muchas familias carecían de sistemas de apoyo oficiales e informales que les ayudaran a seguir adelante en momentos difíciles.
Pero también hubo ejemplos notables de resiliencia familiar, que es una habilidad basada en la solidaridad intergeneracional, la comunicación, la reorganización interna y la espiritualidad, más que en un rasgo innato. Las familias que fueron capaces de reorganizar su dinámica interna de manera flexible fueron las que pudieron adaptarse, no necesariamente las que tenían más riquezas materiales. Este hallazgo nos permite confirmar que la resiliencia debe fomentarse como un proceso social y colectivo que requiere apoyo institucional, además de fomentarse a nivel individual.
Por lo tanto, es imperativo que se incorpore una perspectiva familiar integral en la gestión de riesgos y emergencias en las políticas públicas futuras. Proporcionar atención psicosocial inmediata, crear mecanismos de protección económica y reforzar los servicios comunitarios deben considerarse pilares esenciales para garantizar el bienestar familiar en tiempos impredecibles. La única forma de mitigar los efectos de futuras crisis y fomentar hogares más organizados, cohesionados y emocionalmente estables es aplicar políticas que integren la prevención, la asistencia y la reconstrucción del tejido social.
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