UNIVERSIDAD TÉCNICA DE MACHALA
Facultad de Ciencias Químicas y de la Salud - Carrera de Medicina
Integrantes:
- Bolívar Mateo Zeas Chamba
- Cristhel Melissa Varas Alvarado
Docente: Dr. Manuel Humberto Rodríguez Perdomo
Curso: Séptimo “A”
Periodo: 2025 – D2
El trastorno por estrés agudo (TEA) es una condición psiquiátrica que se manifiesta durante las primeras semanas posteriores a la exposición del evento traumático. Más allá de los síntomas psicológicos, se ha logrado demostrar que el estrés desencadena una respuesta inmune compleja, que dará paso a diversos mecanismos neuroinmunológicos. Durante esta fase, se estimulará la actividad de los ejes neuroendocrinos, específicamente el eje simpaticoadrenal y el hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, lo que provoca la liberación de catecolaminas y glucocorticoides capaces de modular la función del sistema inmune. Esto da como resultado la movilización rápida de células inmunitarias innatas, como los neutrófilos y células NK, acompañada de un incremento transitorio en los niveles de citoquinas proinflamatorias y de una respuesta antiinflamatoria mediada por el cortisol que busca restaurar el equilibrio fisiológico.
Cuando este control se altera, la inflamación puede prolongarse y favorecer la transición hacia un trastorno por estrés postraumático (TEPT) u otras complicaciones neuropsiquiátricas. Esta revisión de alcance sintetiza la evidencia reciente sobre los mecanismos neuroinmunológicos del TEA, destacando el papel del eje HHA, la microglía y la vía del ácido quinurénico, así como posibles estrategias terapéuticas orientadas a modular la respuesta inmune y mejorar la recuperación tras el trauma.
Palabras clave: Trastorno por estrés agudo; respuesta inmunitaria al estrés; neuroinmunología del trauma; citoquinas inflamatorias; eje HPA; sistema simpático; microglía; TEA vs TEPT.
Mapear y sintetizar la evidencia científica reciente (últimos cinco años) sobre la respuesta inmune y los mecanismos neuroinmunológicos implicados en el trastorno por estrés agudo (TEA), analizando su relación con la posible transición hacia el trastorno por estrés postraumático (TEPT) e identificando potenciales dianas terapéuticas de intervención temprana.
El trastorno por estrés agudo (TEA) se caracteriza por la aparición de síntomas de ansiedad, intrusión, evitación, disociación y un estado de alerta incrementado dentro de los primeros 3 a 30 días posteriores a un evento traumático intenso. Entonces, la clínica incorporada en el DSM-IV, su fin será identificar de manera precoz aquellas personas que presentan una reacción psicológica desproporcionada frente a un trauma reciente [1].
Tradicionalmente, tanto el TEA como el TEPT se comprendían desde una perspectiva puramente psicológica, centrándose en las emociones y la conducta del paciente. No obstante, recientemente se ha acumulado evidencia científica que demuestra que el estrés agudo provoca también cambios inmunológicos y neurobiológicos profundos, añadiendo al sistema inmune como un factor clave en la fisiopatología del trauma psicológico. Estos hallazgos han permitido comprender el porqué existe un desequilibrio emocional al momento de experimentar estrés, llevando a la activación de vías inflamatorias, hormonales y neuronales que influyen en la memoria, estado de ánimo y adaptación del individuo frente a la adversidad [2].
El estrés es una reacción natural del cuerpo ante cualquier situación que percibe como una amenaza o desafío. Esta respuesta activará una serie de mecanismos fisiológicos y psicológicos cuyo fin será el de mantener la estabilidad interna y supervivencia. El médico y fisiólogo Hans Selye, pionero en el estudio del estrés, describió tres fases dentro de este proceso: alarma, resistencia y agotamiento. En las dos primeras, el organismo se acostumbra, adapta y mantiene el equilibrio; sin embargo, si la situación se prolonga, se entra en una etapa de agotamiento que puede terminar en una enfermedad física o trastorno psicológico [3].
[Image of HPA axis and immune response]
Entonces, durante el estrés agudo también conocido como respuesta de lucha o huida, el sistema nervioso simpático libera adrenalina y noradrenalina, mientras que el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal (HPA) estimula la secreción del cortisol, principal hormona del estrés. Estas sustancias tienen efectos relevantes en el sistema inmunológico: las catecolaminas activarán la inflamación inicial, llevando a los glóbulos blancos hacia el torrente sanguíneo, mientras que por otro lado el cortisol, limitará la duración de esa respuesta, evitando una inflamación excesiva [4].
En condiciones normales, ambas fuerzas mantendrán un equilibrio funcional: la activación simpática potenciará la defensa inmediata, mientras que el cortisol actuará como regulador, devolviendo al cuerpo a su estado basal una vez superado el peligro [4].
En un estudio experimental con ratones sometidos a estrés por inmovilización, observaron un aumento significativo de neutrófilos y de las citoquinas proinflamatorias IL-1β e IL-6, junto con una reducción de linfocitos. Esto confirma que el estrés agudo generará una activación intensa de la inmunidad innata y una inmunosupresión adaptativa temporal, un mecanismo que prepara al organismo para responder a lesiones o infecciones [5].
De manera similar, una investigación realizada en seres humanos, especialmente en aquellos que emplean la Prueba de Estrés Social de Trier (TSST), muestran varios incrementos rápidos de IL-1β, IL-6 Y TNF-α durante la primera hora posterior al estímulo estresante, seguidos de un descenso paulatino. Un metaanálisis realizado con más de 30 estudios, llegó a confirmar que el estrés psicológico agudo aumenta de manera consistente los niveles plasmáticos de IL-6 en sujetos sanos [6]. Este efecto se asocia a la activación del factor de transcripción NF-KB, responsable de regular la expresión de genes inflamatorios y posteriormente a la acción moduladora del cortisol, que ayuda a restablecer la homeostasis [4,6].
Estos resultados demuestran que la respuesta inmunológica al estrés agudo no es un simple reflejo del miedo, si no más bien un proceso orgánico, altamente coordinado, pero que, sin embargo, cuando el equilibrio se altera por exceso o deficiencia de activación inmunitaria, la persona puede experimentar un mayor desarrollo de trastornos por estrés, como por ejemplo el trastorno por estrés agudo (TEA) o el trastorno por estrés postraumático (TEPT), donde la inflamación y la disfunción neuroinmunológica desempeñan un papel determinante [7].
Este estudio corresponde a una revisión de alcance (Scoping review) realizada bajo las pautas de la guía PRISMA-ScR. Su objetivo fue recopilar y analizar la evidencia científica reciente sobre la respuesta inmune y los mecanismos neuroinmunológicos en el trastorno por estrés agudo (TEA).
Se realizó una búsqueda bibliográfica entre enero de 2018 y septiembre del 2025 en las distintas bases de datos como PubMed, Scopus, Web of Science y Cochrane library. Se utilizaron términos como acute stress disorder, immune response, neuroinflammation y cytokines.
Se incluyeron así mismos artículos originales, revisiones y metaanálisis en seres humanos que abordaron la relación entre el estrés agudo y función inmunológica, y por último, se excluyó trabajos sobre estrés crónico y publicaciones sin acceso al texto completo.
Cuando una persona experimenta un evento traumático de gran intensidad, su cuerpo empieza una reacción inflamatorio-inmediata. Esta respuesta, mediada principalmente por el sistema inmune innato, conlleva a la liberación de varias citoquinas proinflamatorias que actúan como señales de alarma en todo el organismo [8].
En estudios realizados con personal de sala de emergencias sometidos a distintos escenarios de alto estrés, se evidenció que, tras la exposición a la situación crítica en la que fueron expuestos, diferentes niveles de IL-6, IL-8 y TNF-α aumentaban de forma notable en saliva y plasma. El estudio de Speakman et al, lo llevaron a cabo en 63 bomberos durante un ejercicio de entrenamiento exhaustivo y se encontró un incremento rápido de estas moléculas justo después del evento estresante. Así mismo, los bomberos con antecedentes de experiencias traumáticas previas fueron los que mostraron una mayor reactividad inmunológica, evidenciando que las vivencias pasadas pueden modificar la respuesta fisiológica ante nuevos estresores [8].
De forma similar, en pacientes que llegaron a sufrir traumatismos físicos graves, han descrito un pulso inflamatorio en las primeras 24 a 48 horas posteriores al evento, incluso sin la presencia de una infección, como parte de la respuesta natural de alarma del cuerpo [9]. En el ámbito psicológico Koirala et al, evidenciaron que en personas con eventos traumáticos presentaran niveles más altos de IL-6 en comparación con controles sanos. Las personas que más tarde desarrollaron trastorno por estrés postraumático (TEPT) presentaron también niveles incrementados de la citocina IL-1β, lo que indica que ciertos mediadores inflamatorios específicos podrían estar implicados en la evolución del estrés agudo hacia una condición crónica [10].
Por su parte, la interleucina-6, producida principalmente por los macrófagos y las células lesionadas, van a cumplir una función clave durante esta respuesta inicial. Esta molécula estimula al hígado a sintetizar proteína C reactiva (PCR) y promueve la activación de los linfocitos T y B, fortaleciendo de esta manera la defensa inmune temprana. No obstante, cuando su liberación es excesiva o sostenida, se ha observado una asociación con manifestaciones de estrés más intensas y duraderas [10].
En estudios realizados con modelos animales, se ha comprobado que el estrés agudo activa diversos genes inflamatorios controlados por el factor de transcripción NF-κB, lo que conlleva un aumento en la producción de IL-1β e IL-6. En un experimento desarrollado por Tang et al. (2022), se observó que una breve inmovilización en ratones desencadena una inflamación sistémica transitoria, marcada por neutrofilia y liberación de citoquinas, una reacción adaptativa cuyo propósito es preparar al organismo frente a lesiones o infecciones potenciales [5].
Desde un punto de vista evolutivo, esta respuesta inmunitaria de “lucha o huida” resulta lógica: el cuerpo no solo se alista para afrontar o escapar del peligro, sino también para sanar posibles heridas o evitar infecciones oportunistas. Sin embargo, esta activación debe mantenerse por un tiempo limitado, ya que en individuos sanos las concentraciones de citoquinas tienden a retornar a la normalidad pocas horas después del evento, gracias a la función reguladora del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal (HPA) [11].
Entonces, el cortisol liberado por este eje HPA, actúa con un ligero retraso, pero desempeña un papel crucial en la regulación del equilibrio inmunológico. Su principal función es controlar la inflamación y proteger los tejidos del daño, que podría causar una respuesta inmunitaria exagerada. Este efecto lo consigue a través de la inhibición la activación del factor NF-KB y disminuyendo la síntesis de citocinas proinflamatorias como las ya mencionadas interleucinas 1, 6 y factor necrótico tumoral alfa, mientras que favorece la producción de interleucina 10, una molécula con propiedades antiinflamatorias [4,11].
Cuando una persona atraviesa una situación estresante, su sistema inmunológico no queda indiferente, si no más bien, se producen una serie de cambios visibles en la comparación de las células de la sangre, reflejando una respuesta precoz del cuerpo ante aquel estimulo amenazante. Los estudios coinciden en un patrón claro: aumentan los neutrófilos, las primeras células que actúan frente a una agresión, y por otro lado disminuyen los linfocitos, que son muy esenciales para la defensa adaptativa. En experimentos realizados con ratones, Poller et al, observaron que, al activar ciertas áreas de nuestro cerebro relacionadas con el estrés, se desencadena una liberación masiva de neutrófilos desde la médula ósea, mientras que linfocitos y monocitos se redistribuyen hacia los órganos linfoides. En palabras más simples, el cerebro va a dirigir la respuesta inmune, ajustándola al equilibrio entre los mecanismo innatos y adaptativos para darle frente el desafío inmediato [12].
Este reajuste no es casual, más bien, tiene un propósito biológico, la cual es: preparar al organismo para responder rápidamente ante infecciones o traumatismos. Los animales sometidos a estrés agudo mostraron mayor resistencia frente a bacterias, justamente por el aumento de neutrófilos, pero se evidenció una defensa más débil frente a los virus, debido a la reducción de linfocitos T y células NK [12]. Aunque todo este sistema puede ser útil a corto plazo, su persistencia puede terminar siendo perjudicial para el cuerpo, ya que debilita la vigilancia antiviral y puede incluso llegar a reactivar virus dormidos, como es el caso del Epstein-Barr [13].
Algo muy parecido ocurre en los seres humanos, en aquellos individuos que han vivido traumas psicológicos intensos, aun sin evidenciar lesiones físicas aparentes, se han detectado alteraciones inmunológicas muy parecidas a las ya mencionadas: aumento de neutrófilos y monocitos, pero menos linfocitos circulantes. Esto evidencia que el estrés psicológico por sí mismo puede modificar la respuesta inmune, activando el mismo mecanismo biológicos que se observan en el estrés físico [10,13].
El eje HPA es la vía principal que el cuerpo humano utilizará para regular la respuesta inmunológica frente al estímulo del estrés. Cuando se activa, culmina con la liberación de cortisol, aquella hormona que actúa como potente modulador y freno natural de la inflamación [13]. Este glucocorticoide se une a receptores presentes en casi todas las células del sistema inmunitario, modificando la expresión de ciertos genes y evitando que la respuesta inflamatoria se desborde.
Entonces, en condiciones normales, este sistema funciona como una especie de termorregulador biológico, evitando así, que la inflamación se vuelva dañina con el tiempo. Sin embargo, no todas las personas responden igual, en quienes desarrollan TEPT después de un trauma, se ha evidenciado una actividad reducida del eje HPA, los niveles del cortisol son bajos más bajos de lo normal, mientras que los receptores glucocorticoides en loa leucocitos se vuelven más sensible [14]. Este desequilibrio favorece un estado inflamatorio persistente que puede prolongarse durante semanas o incluso meses.
Por último, un hallazgo particular es que una baja liberación de cortisol inmediatamente después del trauma se asocia con mayor probabilidad de desarrollar TEPT [15]. En contraste, hay personas que pueden manifestar una reacción de forma opuesta, con niveles de cortisol elevados justo después del trauma, evidenciando así, que no existe una sola forma de responder al estrés, cada individuo tiene su propia adaptación ante distinta situación.
El SNS entra en acción durante la clásica respuesta de lucha o huida, preparando a nuestro organismo para reaccionar ante el peligro inminente. En ese momento, se liberan hormonas como la adrenalina y noradrenalina, cuyo efecto no solo acelerará el corazón, sino que también van a influir directamente sobre las células del sistema inmune. La gran parte de estas células poseen receptores β-adrenérgicos, los cuales van a detectar las catecolaminas y ajustar su comportamiento en función de ellas [16].
Durante las primeras etapas del estrés agudo, esta activación simpática puede llegar a tener un efecto tanto curioso: la señalización a través de los receptores β puede estimular una respuesta inflamatoria inicial, ordenando a loa macrófagos y monocitos a liberar citoquinas como las interleucinas 6, 1β, y TNF-α. Este proceso se llevará a cabo mediante vías intracelulares como la AMPc/PKA y activación del NF-KB, reguladores de la expresión de genes inflamatorios [16].
En seres humanos, se ha evidenciado que quienes presentan niveles elevados de noradrenalina después de un trauma también muestran mayores concentraciones plasmáticas de IL-6, lo que evidencia una relación directa entre el sistema nerviosos y el sistema inmune [17]. En palabras más simples, la mente y el cuerpo dialogan a través de señales químicas que puedes amplificar la inflamación si el estrés es intenso o prolongado.
Durante la sensación de estrés, el cuerpo libera citoquinas, que no se limitaran solo al sistema sanguíneo, sino también logran comunicarse con el cerebro, estableciendo un dialogo contaste entre ambos sistemas, produciéndose de varias maneras:
La microglía, es la principal célula inmunitaria del cerebro, y a su vez tiene un papel relevante en esta respuesta. Cuando hay estrés de manera breve, su activación será moderada, cumpliendo una función protectora, ayudando al tejido cerebral a adaptarse. Pero en casos de estrés muy intensos o frecuentes, la microglía puede mantenerse en un estado de hiperactividad durante demasiado tiempo, lo cual, estará liberando diferentes citoquinas proinflamatorias, afectando la comunicación neuronal y asociándose a síntomas clínicos de ansiedad, depresión e incluso alteraciones cognitivas [2,19].
Después de la respuesta inflamatoria inicial, el cuerpo activa mecanismo para llegar a una resolución, en palabras simples, restablecer el equilibrio. Entre estos mecanismos destaca la liberación de IL-10, una citoquina con función antiinflamatoria que ayuda a desactivar las respuestas inmunes excesivas. En mujeres con PTSD crónico, se logró observar que durante un evento de estrés agudo de laboratorio no aumentaba la IL-6 como en los controles sanos, sino más bien la IL-10, lo cual podría mostrar una respuesta compensatoria alterada [14].
El desempeño importante del sistema inmunológico en el trastorno por estrés agudo (TEA) y progresión a Trastorno por estrés postraumático (TEPT), abre un nuevo horizonte para la medicina. Tradicionalmente, el tratamiento del TEA se centraba en el acompañamiento psicológico temprano con terapias breves enfocadas en el trauma y ansiolíticos o hipnóticos, se evitaban fármacos prolongados porque el cuadro se resolvía espontáneamente. Sin embargo, los estudios recientes demuestran que una inflamación desregulada en la fase aguda favorece la consolidación patológica del recuerdo traumático e incluso contribuir a que progrese a un TEPT. Por ello, se debe modular la respuesta inmunológica temprana para mejor los resultados clínicos [14].
Se ha explorado el uso de antiinflamatorios sistémicos durante las primeras horas o días post-trauma. Uno de los más usados es la hidrocortisona, un corticoesteroide que en dosis controladas reduce el riesgo de desarrollar TEPT al reforzar la acción del cortisol natural, disminuir la inflamación periférica y evitar consolidación excesiva de memorias de miedo [20].
En el ensayo clínico dirigido por Zohar et al., el uso de la hidrocortisona en estos pacientes tras accidentes graves presentó menor incidencia de TEPT a los 3 meses, a diferencia del grupo con el placebo. Sin embargo, antiinflamatorios más potentes (AINES o anticuerpos monoclonales anti-TNF) se siguen evaluando por el riesgo en la cicatrización o susceptibilidad a infecciones. Un ensayo donde se utilizó infliximab en ancianos con TEPT crónico se mostraron mejorías clínicas modestas y que tenían inflamación elevada [14].
El eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal (HPA) es importante para la regulación del equilibrio inmunitario por el estrés. En varias investigaciones se observa que un nivel bajo de cortisol inmediatamente después del trauma se asocia a mayor probabilidad de desarrollar TEPT por una incapacidad del organismo para controlar la inflamación [7].
Varios expertos propusieron evaluar la función del eje HPA en estos pacientes y suplementar con cortisol cuando hay niveles bajos. Por otro lado, la mifepristona (antagonista del receptor de glucocorticoides) se probó en TEPT crónico para reiniciar la sensibilidad del eje, aunque los resultados no son fiables [21].
El trastorno de estrés agudo es mucho más que una reacción emocional intensa; es la respuesta completa del cuerpo a una situación difícil. Durante estos momentos, el cuerpo se prepara para la supervivencia: el corazón late más rápido, las hormonas del estrés se liberan y el sistema inmunitario se pone en alerta. Todo esto forma parte de una estrategia natural que busca protegernos de una posible lesión o amenaza.
Sin embargo, este mismo mecanismo, que inicialmente resulta útil, puede ser contraproducente si se mantiene durante demasiado tiempo. Cuando la respuesta inflamatoria no se detiene, el cuerpo comienza a sufrir y el cerebro también sufre las consecuencias. Esto explica por qué, tras un evento traumático, algunas personas desarrollan TEPT, mientras que otras se recuperan sin mayores consecuencias. La diferencia puede residir en cómo reacciona y se regula el sistema inmunitario durante los primeros días tras el trauma. El diálogo constante entre el cerebro y el sistema inmunitario demuestra que la mente y el cuerpo no funcionan por separado. Las emociones, las hormonas y las defensas actúan como una red interconectada. Cuando una de estas piezas se altera, se altera todo el equilibrio.
Por lo tanto, comprender cómo las citocinas, la microglía y el eje del estrés influyen en el sistema inmunitario nos ayuda a comprender mejor los síntomas físicos y psicológicos que siguen a una experiencia traumática. En el ámbito clínico, este conocimiento abre la posibilidad de abordar el trauma de forma holística, no solo desde una perspectiva psicológica, sino también biológica. Observar los cambios inmunológicos, promover una dieta saludable, mantener una actividad física moderada y cuidar la salud mental pueden ser pasos clave para evitar que el estrés agudo se convierta en un problema crónico. En resumen, el cuerpo y la mente trabajan juntos ante el trauma. El estrés agudo no solo deja recuerdos dolorosos; también altera procesos biológicos profundos. Reconocer esta conexión nos permite tratar al ser humano como un todo, ayudando a restablecer el equilibrio interno y a la persona a emerger más fuerte después de la crisis.