UNIVERSIDAD TÉCNICA DE MACHALA
Facultad de Ciencias Químicas y de la Salud - Carrera de Medicina
Integrantes:
- Emily Cristina Morocho Valarezo
- Jessica Daniela Echeverría Sarango
- Doménica Mayte Sigüenza Villota
- Ana Gabriela Ruiz Bustamante da Silva
Docente: Dr. Manuel Humberto Rodríguez Perdomo
Asignatura: Psiquiatría
Semestre: Séptimo Semestre “A”
Periodo: 2025 D2
Las redes sociales se han consolidado como uno de los espacios principales para socializar, informar y construir identidad entre adultos y jóvenes en la última década. Las plataformas como Snapchat, TikTok o Instagram se caracterizan por su gran contenido visual y por sus algoritmos que priorizan el material con un fuerte impacto emocional. Esto ha hecho que aumente la exposición a imágenes relacionadas con estándares de belleza irreales y a mensajes sobre control del peso o la alimentación (1,2). Este fenómeno ha generado un interés científico creciente debido a su posible relación con los trastornos de la conducta alimentaria, especialmente la anorexia nerviosa y la bulimia nerviosa. Estos dos trastornos constituyen un gran problema para la salud pública por su prevalencia, la seriedad clínica y el alto nivel de morbilidad médica y psiquiátrica (3,4).
Los trastornos de la conducta alimentaria se distinguen por los cambios permanentes en la alimentación o en las conductas asociadas al control del peso, que vienen con una alteración de la imagen corporal y un efecto notable en la salud mental y física (5). En especial, la bulimia nerviosa y la anorexia nerviosa impactan con más frecuencia a las adolescentes y a las mujeres jóvenes, y están vinculadas a problemas severos como riesgo elevado de suicidio, malnutrición y trastornos cardiovasculares (4). En este contexto, las redes sociales se vuelven importantes como factor cultural y ambiental, pues varios estudios recientes han hallado una relación significativa entre un aumento en el tiempo de uso o exposición a ciertos contenidos y una mayor insatisfacción con el cuerpo, la internalización del ideal de delgadez y la emergencia de comportamientos alimentarios riesgosos (1,6).
Entre los mecanismos más investigados están la comparación social con modelos corporales considerados superiores, la auto-presentación idealizada en ambientes digitales, el crecimiento de comunidades en línea que fomentan comportamientos pro-bulimia o pro-anorexia, y el papel de los algoritmos de recomendación, que propician una exposición continua a este tipo de contenidos (2). Simultáneamente, se han descrito los movimientos "body positive" y "pro-recovery", que intentan contrarrestar estos efectos adversos. No obstante, su alcance parece ser más restringido en comparación con el contenido centrado en la dieta y la delgadez (6).
La literatura científica actual presenta resultados variados, con algunos estudios transversales que indican correlaciones relevantes y otros longitudinales y experimentales que empiezan a investigar relaciones causales (2,3,5). Por lo tanto, es imprescindible condensar y examinar de manera crítica las pruebas reunidas en los últimos cinco años (3).
Para asegurar que la búsqueda y selección de los artículos incluidos en la revisión fuera transparente y exhaustiva, se llevó a cabo una revisión sistemática y crítica de la bibliografía publicada entre enero de 2021 y agosto de 2025, respetando las sugerencias del manual PRISMA 2020 (7). Se priorizaron los estudios con acceso abierto y se revisaron las bases de datos de BMC Journals, PLOS One, Nutrients, Journal of Eating Disorders, Web of Science, Scopus y PubMed. La estrategia de búsqueda combinó términos booleanos relacionados con redes sociales (“social media”, “TikTok”, “Instagram”) y trastornos de la conducta alimentaria (“eating disorder”, “anorexia nervosa”, “bulimia nervosa”, “body image”), restringidos al periodo 2021–2025 y a los idiomas inglés y español.
Los estudios observacionales (ya sean transversales o longitudinales), los experimentales y las revisiones sistemáticas que evaluaron la exposición a redes sociales en relación con síntomas de bulimia, anorexia u otros comportamientos alimentarios disfuncionales fueron tomados como criterios de inclusión. Se eliminaron estudios anteriores a 2021, reportes que carecían de datos empíricos, comunicaciones que no habían sido sometidas a revisión por pares y aquellos que no definieron correctamente las variables de resultado o exposición. El proceso de selección se realizó de forma autónoma por dos revisores, quienes examinaron los títulos, resúmenes y textos enteros; las diferencias fueron solucionadas mediante consenso.
Se creó una tabla para la recolección de datos, en la cual se anotaron los siguientes aspectos: el autor, el año de publicación, la nación, el diseño del estudio, las dimensiones y rasgos de la muestra, la plataforma analizada, el significado de la exposición, el instrumento utilizado para medir los resultados y los descubrimientos principales. Se comprobó que en la población estudiada había apoyo de validez y fiabilidad cuando los artículos utilizaron escalas validadas, como el Sick, Control, One, Fat, Food questionnaire (SCOFF) o el Eating Disorder Examination Questionnaire (EDE-Q) (8,9).
Los estándares CONSORT 2010 para ensayos clínicos y la escala Newcastle-Ottawa para investigaciones observacionales se emplearon para evaluar el nivel metodológico de los artículos. Se verificó que se cumplían los criterios PRISMA 2020 si se trataba de revisiones (7). La claridad de la metodología, el control de variables confusoras y la consistencia de los resultados reportados fueron utilizados como criterios para clasificar cada estudio en calidad alta, moderada o baja.
Por último, se examinaron las diferencias entre los estudios en función de la definición de la exposición (tipo de contenido, tiempo en redes sociales, interacción con materiales pro-trastorno o pro-recuperación), las escalas que se emplean para medir resultados (por ejemplo, índices de insatisfacción corporal, EDE-Q, SCOFF) y las propiedades de las muestras (sexo, edad, entorno cultural). Se valoró la validez interna mediante el control de sesgos y confusores, mientras que la validez externa se evaluó en función de cuán representativas eran las muestras incluidas. Por su parte, los reportes de consistencia interna, como el coeficiente alfa de Cronbach, se utilizaron para evaluar la confiabilidad de los instrumentos.
En la actualidad, las redes sociales se han convertido en una fuente omnipresente de narrativas e imágenes que giran alrededor de la alimentación, el cuerpo y el estilo de vida. Las investigaciones comparativas entre cohortes han revelado que el uso creciente de plataformas visuales (YouTube, TikTok, Snapchat, Instagram) está vinculado con una mayor insatisfacción corporal y con comportamientos riesgosos asociados a trastornos alimentarios, como la ingestión de laxantes y los vómitos provocados (10).
Los mecanismos psicológicos más citados en la literatura para explicar esta relación son la comparación social hacia arriba (upward social comparison), la auto-presentación idealizada y la internalización de estándares de belleza irreales. Estos procesos favorecen la perfección estética y la preocupación por el peso/figura, factores de riesgo bien establecidos para la anorexia nerviosa y la bulimia nerviosa (11).
Asimismo, la investigación ha detectado comunidades y contenidos que fomentan de manera directa comportamientos desordenados (por ejemplo, comunidades “pro-ana/pro-mia” o videos que embellecen el hecho de restringir alimentos). Los mecanismos algorítmicos de recomendación pueden aumentar la exposición a este contenido, generando cámaras de eco que empeoran los síntomas en usuarios vulnerables (4).
Por otra parte, la relación entre uso problemático/adicción a redes sociales y síntomas de trastorno alimentario muestra correlaciones pequeñas a moderadas; sin embargo, determinados subgrupos (adolescentes, usuarios que siguen cuentas de “nutrición estética” o influencers que promueven dietas extremas) presentan riesgos significativamente mayores. Esto sugiere que no es solo el tiempo en pantalla sino el tipo de contenido y la interacción lo que modula el riesgo (12).
Los hallazgos revisados indican que las redes sociales actúan como factor de riesgo ambiental que puede precipitar o exacerbar trastornos alimentarios en individuos predispuestos (biológica y psicológicamente). La exposición reiterada a imágenes editadas, rutinas dietéticas extremas y comentarios que refuerzan la delgadez contribuye a la normalización de conductas peligrosas y a la disminución de la percepción de riesgo (10).
Es difícil determinar la causalidad debido a la diversidad de métodos entre las investigaciones, como los diseños transversales y longitudinales, las medidas autocumplidas y las variaciones en las plataformas estudiadas. Sin embargo, los análisis experimentales y longitudinales más recientes señalan efectos temporales: la exposición continua a ciertos tipos de contenido incrementa la insatisfacción corporal y las conductas de riesgo a lo largo del tiempo, respaldando una relación parcial de causa-efecto (10).
La influencia algorítmica es otro aspecto importante: los sistemas de recomendación tienen la capacidad de aumentar el contacto con contenidos favorables a trastornos y de dificultar que los usuarios en riesgo logren salir de ese "circuito". Esto implica que las plataformas tienen una responsabilidad ética y regulatoria significativa en lo que respecta a la moderación y el diseño de algoritmos (4).
No obstante, no todo lo que se encuentra en las redes sociales es perjudicial. Las investigaciones de tipo experimental y observacional han demostrado que los contenidos body-positive y de recuperación tienen efectos protectores o atenuantes, aunque su efectividad varía según la autenticidad del mensaje y el nivel de difusión de estos en comparación con los contenidos ideales/dañinos. Esto indica que las estrategias preventivas se fundamentan en la promoción activa de contenidos de alfabetización mediática y de recuperación (13).