UNIVERSIDAD TÉCNICA DE MACHALA
Facultad de Ciencias Químicas y de la Salud - Carrera de Medicina
Integrantes:
- Lady Mabel Sotomayor Ramirez
- Jessica Marisol Pereira Bermeo
Docente: Dr. Manuel Rodriguez Perdomo
Asignatura: Psiquiatría y Salud Mental
Curso: Séptimo Semestre “A”
Período: 2025-D1
Los trastornos de trance y posesión, clasificados como disociativos en el DSM-5, implican alteraciones en la conciencia, identidad y memoria, con episodios donde la persona actúa como si estuviera controlada por una entidad externa. Se diferencian de los trances aceptados culturalmente, pues solo se consideran clínicos cuando afectan la vida diaria. A nivel mundial, su prevalencia varía entre contextos culturales, con mayor frecuencia en países con fuerte influencia religiosa; en Ecuador no existen datos claros, aunque la OPS advierte sobre la carga de los problemas de salud mental.
Su origen es multifactorial: experiencias traumáticas, factores psicológicos, biológicos, sociales y culturales. Los síntomas incluyen cambios de conciencia, pérdida de control, conductas extrañas, alteraciones de la voz, amnesia parcial y síntomas físicos similares a crisis neurológicas.
El diagnóstico requiere distinguirlo de epilepsia, psicosis, trastornos de conversión o trances religiosos. En cuanto al abordaje terapéutico, se recomienda un enfoque integral y culturalmente sensible. La psicoterapia, en especial la cognitivo-conductual y las terapias orientadas al trauma, es de utilidad; la farmacoterapia puede indicarse cuando coexisten depresión, ansiedad o bipolaridad.
El pronóstico es variable: algunos pacientes presentan episodios autolimitados y poco incapacitantes, mientras que en otros los síntomas son crónicos y afectan de manera considerable su vida cotidiana. Los factores asociados a peor evolución incluyen el trauma no resuelto, la comorbilidad psiquiátrica, la falta de acceso a servicios de salud mental y el estigma social. Por el contrario, el apoyo familiar, la intervención temprana y el acceso a un tratamiento integral favorecen una evolución más positiva y reducen el riesgo de recaídas.
Palabras clave: Trastorno de trance y posesión, Trastornos disociativos, Factores culturales y psicológicos, Psicoterapia, Salud mental, Trauma.
Trance and possession disorders, classified as dissociative in the DSM-5, involve alterations in consciousness, identity, and memory, with episodes where the person acts as if controlled by an external entity. They differ from culturally accepted trances, as they are only considered clinical when they affect daily life. Worldwide, their prevalence varies across cultural contexts, with a higher frequency in countries with a strong religious influence. In Ecuador, there is no clear data, although the PAHO warns about the burden of mental health problems.
Their origin is multifactorial: traumatic experiences, psychological, biological, social, and cultural factors. Symptoms include changes in consciousness, loss of control, strange behaviors, voice changes, partial amnesia, and physical symptoms similar to neurological seizures.
Diagnosis requires distinguishing it from epilepsy, psychosis, conversion disorders, or religious trances. Regarding the therapeutic approach, a comprehensive and culturally sensitive approach is recommended. Psychotherapy, especially cognitive-behavioral and trauma-oriented therapies, is useful; Pharmacotherapy may be indicated when depression, anxiety, or bipolar disorder coexist.
The prognosis is variable: some patients experience self-limiting, mildly disabling episodes, while others experience chronic symptoms that significantly affect their daily lives. Factors associated with worse outcomes include unresolved trauma, psychiatric comorbidity, lack of access to mental health services, and social stigma. Conversely, family support, early intervention, and access to comprehensive treatment promote a more positive outcome and reduce the risk of relapse.
Keywords: Trance and possession disorder, Dissociative disorders, Cultural and psychological factors, Psychotherapy, Mental health, Trauma.
El trastorno de trance y de posesión constituye un fenómeno clínico y culturalmente complejo que en los últimos diez años ha adquirido mayor relevancia dentro de la investigación en salud mental. Su inclusión más precisa en la CIE-11 refleja la necesidad de diferenciar las manifestaciones patológicas de aquellas que forman parte de prácticas culturales o religiosas aceptadas, lo cual resalta la importancia de su estudio para evitar tanto el sobrediagnóstico como el subregistro. La literatura reciente muestra que este trastorno se encuentra presente en diferentes regiones del mundo y que su expresión está fuertemente modulada por factores culturales, aunque persiste una carencia significativa de datos epidemiológicos sólidos y comparables que permitan dimensionar su verdadera prevalencia y características clínicas.
Diversos estudios han demostrado una estrecha relación entre los cuadros de trance y posesión y antecedentes de trauma, así como con otros trastornos disociativos y afectivos, lo cual plantea implicaciones directas en la evaluación clínica y en la elección de intervenciones terapéuticas adecuadas. Sin embargo, la mayoría de las recomendaciones disponibles se basan en reportes de casos o revisiones teóricas, lo que pone de manifiesto la escasez de evidencia empírica sobre la eficacia de tratamientos específicos. A ello se suma que en muchos contextos el primer abordaje de estos pacientes proviene de líderes religiosos o de prácticas tradicionales, lo que puede retrasar la atención especializada y, en algunos casos, favorecer intervenciones inadecuadas que generan daño o profundizan el estigma.
La investigación contemporánea resalta la necesidad de desarrollar modelos de atención que integren el respeto por las creencias culturales con la aplicación de estrategias clínicas basadas en la evidencia, con el fin de mejorar el acceso, la adherencia y los resultados en salud mental. Abordar el trastorno de trance y posesión desde esta perspectiva resulta esencial para enriquecer la comprensión de los fenómenos disociativos, disminuir las brechas en el conocimiento epidemiológico y aportar herramientas que fortalezcan las políticas de salud mental culturalmente sensibles. En este sentido, su estudio no solo es pertinente sino necesario para avanzar en la construcción de un enfoque clínico y social que reconozca la diversidad cultural y al mismo tiempo ofrezca alternativas terapéuticas seguras y efectivas.
La revisión documental tuvo como propósito recopilar y analizar evidencia científica sobre los trastornos de trance y posesión dentro de los trastornos disociativos. La búsqueda de información se desarrolló en bases de datos electrónicas como PubMed, Scopus, SciELO y Google Scholar, utilizando como palabras clave y operadores: “trastorno de trance”, “trastorno de posesión”, “trastornos disociativos”, “trance y posesión” y “psiquiatría”.
Los criterios de inclusión abarcaron artículos originales, revisiones, reportes de caso y capítulos de libros publicados en español o inglés entre los años 2015 y 2025, que abordaran aspectos clínicos, diagnósticos, etiológicos o terapéuticos de los trastornos de trance y posesión. Como criterios de exclusión, se descartaron documentos con enfoque estrictamente religioso, antropológico o esotérico sin sustento clínico-psiquiátrico.
Al final quedó constituido por documentos seleccionados de acuerdo con los criterios establecidos, organizados en categorías temáticas: manifestaciones clínicas, criterios diagnósticos, factores etiológicos y abordajes terapéuticos. El análisis de la información se realizó mediante lectura crítica, identificando coincidencias, discrepancias y vacíos en la literatura revisada.
Analizar las manifestaciones clínicas, los factores asociados y las implicaciones terapéuticas del trastorno de trance y de posesión en el contexto de la literatura actualizada, con el fin de contribuir a una mejor comprensión y abordaje clínico de esta condición.
El trastorno de trance y de posesión (TTP) es una categoría clínica reconocida dentro de los trastornos disociativos, caracterizada por episodios en los que la persona experimenta alteraciones en la identidad, la conciencia y la conducta, atribuyendo dichas experiencias a la influencia de una fuerza o entidad externa. Aunque en numerosas culturas los estados de trance y posesión forman parte de prácticas religiosas o rituales aceptadas, cuando se presentan de manera involuntaria, persistente o con deterioro significativo en el funcionamiento personal y social, se consideran patológicos (1).
Durante la última década se ha consolidado un mayor interés académico en torno al TTP, reflejado en la revisión de los criterios diagnósticos en la CIE-11, donde se delimita con mayor claridad la diferencia entre experiencias culturales normativas y manifestaciones clínicas que requieren atención especializada. Este reconocimiento formal ha impulsado la necesidad de profundizar en su estudio, no solo desde la perspectiva clínica, sino también considerando el papel determinante de los factores socioculturales (2).
Las investigaciones recientes señalan que el TTP no se limita a contextos específicos, sino que constituye un fenómeno presente en diversas regiones del mundo, con variaciones en su forma de expresión y en las interpretaciones que las comunidades hacen de él. Asimismo, estudios clínicos destacan la asociación frecuente entre este trastorno y antecedentes de trauma, así como su relación con otros cuadros disociativos y afectivos, lo que refuerza la necesidad de un abordaje integral y multidisciplinario (3).
El interés por comprender este trastorno se sustenta, además, en los retos que plantea para los sistemas de salud mental, ya que en muchos contextos los episodios son atendidos inicialmente por líderes religiosos o curanderos, lo que puede retrasar el acceso a intervenciones médicas basadas en la evidencia. En consecuencia, analizar el TTP desde una perspectiva clínica, cultural y social resulta fundamental para avanzar en la identificación temprana, la reducción del estigma y el diseño de estrategias de tratamiento culturalmente sensibles (4).
Los trastornos de trance y posesión pertenecen a la categoría de trastornos disociativos según el DSM-5. Estos trastornos se caracterizan por ser alteraciones en la integración de la percepción, la identidad, la memoria y la conciencia. En este caso en particular, la persona muestra episodios de su identidad personal suspendida y exhibe conductas, movimientos o expresiones que se consideran pertenecientes a un espíritu, una fuerza externa o una entidad ajena (5).
Es importante distinguir estos fenómenos de los estados de trance validados por la cultura (como rituales espirituales o religiosos), en los que no se presentan disfunciones ni problemas clínicos. El diagnóstico clínico se determina sólo cuando la experiencia genera dolor, trastornos importantes en la vida cotidiana o interfiere con el rendimiento laboral y social (5).
Las investigaciones globales demuestran que los trastornos de posesión y trance ocurren en una variedad de contextos culturales. En un análisis de 28 trabajos que incluían a 402 pacientes, el 31 % se relacionaba con trance disociativo puro y el 69 % con episodios de posesión. En el ámbito rural de la India se reportó una prevalencia anual del 3.7 % de "síndrome de posesión", mientras que en Turquía, un estudio a nivel comunitario encontró experiencias de posesión en el 2.1 % de las mujeres entre la población general. En una revisión sistemática de naciones con ingresos medios y bajos se detectaron 917 casos, lo que corrobora la importancia de este trastorno en áreas con gran impacto religioso y cultural (6).
En Ecuador no hay datos oficiales disponibles acerca de la prevalencia de este trastorno. Sin embargo, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) ha indicado que los problemas mentales y de conducta suponen una pesada carga para el sistema sanitario nacional. Aproximadamente 15 servicios de salud mental se han reportado en la provincia de El Oro, y Machala es la ciudad donde se encuentran 14 de ellos. La falta de investigaciones epidemiológicas a nivel local dificulta la determinación de cifras precisas, lo que pone de manifiesto la necesidad de realizar estudios a nivel regional (6).
La etiología es multifactorial. Los episodios suelen estar relacionados con el uso de la disociación como mecanismo de defensa y con experiencias traumáticas en términos psicológicos. Desde el punto de vista cultural, en los grupos donde la posesión y el trance son considerados parte de la vida religiosa, los episodios pueden ser interpretados como expresiones del espíritu, lo que complica su diferenciación clínica (7).
Se han detectado, a nivel neurobiológico, cambios en la conectividad entre zonas del cerebro que se relacionan con el sentido del yo; también se han observado alteraciones en la regulación del sistema de estrés y fallos en los procesos de memoria episódica (7).
Una combinación de elementos psicológicos, sociales, biológicos y culturales incide en la aparición de un trastorno de trance o posesión (8):
La aparición de estos factores no asegura que el trastorno se desarrolle, pero incrementa las posibilidades de que los episodios sucedan en personas con predisposición (8).
Las principales manifestaciones clínicas en base al trastorno mencionado se basan en lo siguiente (9, 10):
Es indispensable realizar el diagnóstico diferencial con otros trastornos basándonos en los siguientes (11-15):
Un enfoque culturalmente sensible y completo es necesario para el tratamiento (16, 17):
El pronóstico de los trastornos de trance y posesión es variada y está sujeta a diversos elementos, como la regularidad y el tiempo que duran los episodios, la existencia de comorbilidad psiquiátrica, el entorno cultural y la posibilidad de acceder a un tratamiento apropiado. En ciertos pacientes, los episodios son temporales y autolimitados, sucediendo de forma aislada y con poco efecto en su vida diaria. Estos casos tienden a mejorar de manera espontánea o con intervenciones mínimas, sobre todo si se respeta la perspectiva cultural del fenómeno (18).
En algunas situaciones, los episodios pueden hacerse crónicos o repetidos y tener un impacto en la vida social, laboral o académica de la persona. La recurrencia está a menudo vinculada con situaciones de estrés crónico, trastornos de personalidad, depresión o ansiedad, experiencias traumáticas no resueltas y contextos culturales que reconocen la posesión sin ofrecer métodos para afrontarla (18).
Cuando se brinda un enfoque integral que contemple la psicoeducación, el manejo farmacológico cuando sea necesario, la psicoterapia y el contexto cultural, la predicción mejora considerablemente. La intervención temprana, particularmente en personas jóvenes o en ambientes donde es frecuente realizar rituales de trance, puede evitar que el trastorno se vuelva crónico y disminuir su impacto funcional (18).
Además, el apoyo social y la adherencia al tratamiento son fundamentales. Los pacientes que tienen el respaldo de su familia, una comprensión cultural y un seguimiento clínico apropiado tienden a una evolución más favorable y a presentar menos posibilidades de recaer. En cambio, el estigma social, la ausencia de acceso a servicios de salud mental o la concepción solamente espiritual de los episodios pueden empeorar el progreso clínico y hacer más difícil la recuperación (18).
El análisis del trastorno de trance y de posesión permite reconocer que se trata de un fenómeno clínico complejo en el que convergen factores biológicos, psicológicos, sociales y culturales. La revisión de los criterios diagnósticos en la CIE-11 ha supuesto un avance importante al diferenciar entre experiencias de trance culturalmente aceptadas y aquellas que implican malestar clínico significativo. No obstante, persisten desafíos en la práctica clínica, especialmente en la delimitación con otros trastornos disociativos, afectivos o psicóticos, lo cual genera riesgo de diagnósticos erróneos o incompletos.
Un aspecto recurrente en la evidencia reciente es la relación del TTP con antecedentes de trauma y con factores de vulnerabilidad psicosocial, lo que sugiere que estas manifestaciones no deben entenderse de manera aislada, sino dentro de un marco de experiencias vitales que condicionan su aparición y mantenimiento. De igual manera, la expresión clínica del trastorno se encuentra profundamente influenciada por el contexto cultural, lo que explica la variabilidad en su prevalencia y en la forma en que los pacientes buscan ayuda.
Otro punto de discusión relevante es la atención inicial que reciben los afectados. En muchos casos, el primer contacto ocurre en contextos religiosos o tradicionales, donde la interpretación espiritual del fenómeno condiciona las prácticas terapéuticas aplicadas. Si bien estas prácticas pueden brindar contención emocional y apoyo comunitario, también se ha descrito que pueden retrasar la atención médica o favorecer intervenciones que incrementan el estigma o el riesgo de daño físico y psicológico. Esto evidencia la necesidad de fomentar un enfoque colaborativo en el que los profesionales de salud mental reconozcan la dimensión cultural del trastorno y trabajen en conjunto con líderes comunitarios o religiosos, siempre que las prácticas no vulneren la integridad del paciente.
Finalmente, aunque la literatura ha avanzado en el reconocimiento del TTP, aún existen limitaciones notables. La escasez de estudios epidemiológicos dificulta establecer cifras confiables sobre su prevalencia, y la ausencia de ensayos clínicos limita el conocimiento sobre la eficacia de tratamientos específicos. La mayoría de las recomendaciones se sustentan en estudios de caso o revisiones teóricas, lo que hace evidente la necesidad de generar investigaciones empíricas más rigurosas que permitan fortalecer la evidencia disponible y orientar la práctica clínica.
El trastorno de trance y de posesión constituye una entidad clínica y culturalmente significativa que continúa siendo objeto de debate y de investigación en el campo de la salud mental. La última década ha aportado avances importantes en su clasificación y comprensión, especialmente a través de la CIE-11, pero aún persisten vacíos de conocimiento relacionados con su epidemiología, sus comorbilidades y la eficacia de las intervenciones terapéuticas.
Los hallazgos revisados confirman que este trastorno suele estar asociado a experiencias traumáticas y a factores culturales que influyen tanto en su manifestación como en el acceso a la atención especializada. Ello refuerza la necesidad de un abordaje integral que combine la perspectiva clínica con la comprensión cultural, garantizando al mismo tiempo la protección de los pacientes frente a prácticas inadecuadas o potencialmente dañinas.
En este sentido, el estudio del trastorno de trance y de posesión no solo amplía la comprensión de los fenómenos disociativos, sino que también ofrece la oportunidad de construir modelos de atención más inclusivos y culturalmente sensibles. Avanzar en esta línea permitirá mejorar la detección temprana, reducir el estigma y favorecer la implementación de intervenciones basadas en evidencia que respondan a las necesidades reales de los pacientes y sus comunidades.